lunes, 8 de diciembre de 2008

LLEVANDO LA CRUZ PARTE II

Escrito por: Watchman Nee


Debemos tener presente cuatro pasajes de los evangelios. Son Mateo 10:34-39, Marcos 8:23-35, Lucas 17:32-34 y Juan 12:24-26. Estos cuatro pasajes tienen algo en común. En cada uno de ellos el Señor mismo nos habla con respecto a la activi­dad natural del hombre, y en cada uno se men­ciona un aspecto diferente o manifestación de la vida natural. En estos versículos El aclara que el alma del hombre, lo natural en oposición a lo espi­ritual, puede tratarse en una forma, y sólo en una, a saber llevando la cruz diariamente, siguiéndole a El.


Como acabamos de ver, la vida natural, de que aquí se trata, implica algo más que aquello que tratamos en los pasajes que hablan del viejo hom­bre o la carne. Hemos procurado aclarar que en cuanto a nuestro viejo hombre Dios enfatiza lo que El ha hecho una vez para siempre al crucificarnos con Cristo en la cruz. Hemos visto también que tres veces en la carta a los Gálatas se hace referencia a la obra "crucificadora" de la cruz como de algo ya cumplido; y en Romanos 6:6 tenemos la clara afirmación de que "nuestro viejo hombre fue cru­cificado", que tomando en cuenta el tiempo gra­matical, puede leerse: nuestro viejo hombre ha sido crucificado de un todo y para siempre. Es algo consumado, aprehendido por la revelación divina y luego apropiado por la fe.


Pero hay otro aspecto de la cruz, que está implicado en la expresión "tome su cruz cada día" (véase Lucas 9:23), y es lo que nos ocupará ahora. La cruz cargó conmigo; ahora me toca a mí llevarla; y esto de llevar la cruz, es un proceso interior. Es esto lo que entendemos cuando hablamos de la "operación subjetiva de la cruz". Además es un proceso diario, es un seguir paso a paso en pos de El. Es esto lo que ahora se nos presenta con relación al alma. Notemos que el énfasis aquí no es justamente el mismo que en el caso del viejo hombre. No tenemos aquí la crucifixión del alma misma, en el sentido en que nuestros dones y facultades naturales, nuestra personalidad e individualidad tienen que ser eliminados. Si fuera así difícilmente se podría decir, como en Hebreos 10:39, que debemos tener "fe para preservación del alma" 1 Pedro 1:9; Lucas 21:19. No, no perdemos el alma en este sentido porque eso sería perder del todo nuestra existencia individual. El alma queda con sus dotes naturales, pero la cruz obra sobre ella para llevar esas dotes naturales a la muerte — poniendo el sello de su muerte sobre ellos— para luego devolvérnoslas en resurrección.


Es en este sentido que Pablo, al escribir a los filipenses, expresa el deseo "de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a El en su muerte" Filipenses 3:10. La señal de la muerte está sobre el alma todo el tiempo para llevarla a la posición en que estará siempre subordinada al Espíritu y jamás actuará en forma independiente. Sólo la cruz, obrando en esa forma, pudo hacer que un hombre dotado como Pablo, con los recursos naturales que se señalan en Filipenses capítulo 3, desconfiara de tal modo de su propia fuerza natural que podía escribir a los corintios:


“Me propuse más bien, estando entre ustedes, no saber de cosa alguna, excepto de Jesucristo, y de éste crucificado. Es más, me presenté ante ustedes con tanta debilidad que temblaba de miedo. No les hablé ni les prediqué con palabras sabias y elocuentes sino con demostración del poder del Espíritu, para que la fe de ustedes no dependiera de la sabiduría humana sino del poder de Dios” 1 Corintios 2:2-5.


El alma es el asiento de los afectos, y ¡cuántas decisiones y acciones nuestras son influenciadas por ellos! En ningún sentido son, de propósito, pecaminosos; pero el hecho es que hay en nosotros algo que puede manifestarse en afecto natural hacia otra persona, y como consecuencia puede afectar para mal todo el curso de nuestra conducta. Así que, en el primero de los cuatro pasajes indicados el Señor nos tiene que decir:


“»El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí” Mateo 10:37-38.


Observa que el seguir al Señor por el camino de la cruz se nos presenta aquí como lo normal del Señor, su único camino para nosotros. ¿Qué sigue de inmediato? "El que encuentre su vida, la perderá, y el que la pierda por mi causa, la encontrará" Mateo 10:39. El peligro oculto está en la operación sutil de los afectos que nos desvían del sendero de Dios; y la clave del asunto es el alma. La cruz tiene que obrar en el alma. Por ejemplo, yo tengo que "perder" mi alma en el sentido en que el Señor utilizó esas palabras, y es lo que aquí estamos procurando explicar.


Algunos sabemos bien lo que quiere decir "perder el alma". Se trata de que no podemos ya cumplir su deseo; no podemos ceder a ella; no podemos regalarla; eso significa la pérdida del alma. Pasamos por un proceso doloroso para renunciar a lo que el alma busca. Tenemos que confesar que muchas veces no se trata de un pecado determinado que nos impide seguir al Señor hasta el fin. El obstáculo puede ser algún amor secreto, algún afecto perfectamente natural que desvía nuestro curso. Sí, los afectos juegan un importante papel en nuestra vida, y la cruz tiene que entrar y operar allí.


Pasamos ahora a la cita en Marcos, capítulo 8. Creo que es un pasaje muy importante. Nuestro Señor acababa de enseñar a sus discípulos, en Cesárea de Filipo, que El iba a padecer la muerte en manos de los ancianos de los judíos; y luego Pedro, en su gran amor hacia el Maestro, se le acercó para reprenderle, diciendo: "— ¡De ninguna manera, Señor! ¡Esto no te sucederá jamás!" Mateo 16:22. Por amor al Señor le rogó que se cuidara a sí mismo; y el Señor reprendió a Pedro como lo habría hecho a Satanás, por poner la mira en las cosas de los hombres y no en las de Dios. Después de esto a todos los presentes una vez más les fue dicha la palabra:


“—Si alguien quiere ser mi discípulo —les dijo—, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa y por el evangelio, la salvará.” Marcos 8:34-35.


Todo el problema en cuestión es nuevamente el alma, y aquí en particular el deseo del alma por su propia conservación. Hay aquella operación sutil del alma que dice: con tal de que siga viviendo, haría cualquier cosa, estaría dispuesto a todo; pues sobre todo tengo que vivir. Ahí está el alma casi gritando por auxilio: ¿ir a la cruz para ser crucificado? ¡Eso es demasiado! Ten compasión de ti: cuídate a ti mismo. ¿Quieres decir que obrarás en contra de ti mismo para unirte a Dios? Algunos de nosotros sabemos muy bien que, para seguir con Dios, muchas veces es ineludible ir en contra de la voz del alma —la propia o la de otros— y permitir que la cruz entre para silenciar esa súplica por sobrevivir.


¿Tengo miedo de la voluntad de Dios? La querida hermana a quien ya he mencionado como la que ha tenido tanta influencia sobre el curso de mi vida, muchas veces me preguntaba: "¿Te gusta la voluntad de Dios?" Es una pregunta tremenda. No preguntaba: "¿Haces la voluntad de Dios?", sino siempre: "¿Te gusta la voluntad de Dios?" Tal pregunta penetra más que cualquier otra. Recuerdo que una vez ella tenía una discusión con el Señor sobre cierto asunto. Sabía lo que el Señor quería, y en su corazón lo quería ella también, pero era difícil. Le oí orar de esta manera: "Señor, confieso que no me gusta, pero por favor, no cedas... Espera, Señor, un rato, —y cederé yo." No quería que el Señor cediera a ella, reduciendo sus demandas. No quería nada sino agradarle a El.


Tomado del libro "La Cruz en la vida Cristiana Normal" Watchman Nee

© Chalo Jiménez 2008. Derechos Reservados.
Prohibida su reproducción total o parcial sin la autorización del autor.
Imprimir

No hay comentarios: