jueves, 4 de diciembre de 2008

LLEVANDO LA CRUZ

Escrito por: Watchman Nee


Nadie puede ser un verdadero siervo de Dios sin conocer el significado de la muerte y de la resurrección. El Señor Jesús mismo sirvió sobre esta base. Vemos en Mateo que, antes de comenzar su ministerio público, el Señor Jesús fue bautizado. No lo hizo porque tenía algún pecado o algo del cual necesitara limpiarse. Sabemos bien el significado del bautismo: es la figura de la muerte y de la resurrección. El ministerio del Señor no empezó hasta que se puso sobre esta base. Fue después de bautizarse y tomar voluntariamente la base de la muerte y la resurrección que el Espíritu Santo vino sobre El. Luego ministraba.


¿Qué nos enseña esto? Nuestro Señor fue hombre sin pecado. Ninguno, excepto El, ha pisado esta tierra sin conocer el pecado. Sin embargo, como hombre tuvo una personalidad aparte de la de su Padre. Bien, debemos andar con mucho cuidado al tratar de la persona de nuestro Señor; pero recordemos sus palabras: "…no busco hacer mi propia voluntad sino cumplir la voluntad del que me envió" Juan 5:30. ¿Qué quiere decir con esto? No significa en manera alguna que el Señor no tuviera voluntad propia. El tuvo una voluntad, como sus propias palabras lo indican. Como Hijo del hombre, El tuvo una voluntad, pero no la hizo; vino para hacer la voluntad del Padre. Ahí está la clave. Eso que en El está diferenciado del Padre es el alma humana que asumió "estando en la condición de hombre". Siendo hombre perfecto, nuestro Señor tenía un alma y, por supuesto, un cuerpo como tú y yo tenemos alma y cuerpo, y le era perfectamente posible a El actuar desde el alma, es decir, partiendo de sí mismo, no de su Padre.


Inmediatamente después del bautismo del Señor y antes de iniciar El su ministerio público, Satanás vino a tentarle. Le tentó con la satisfacción de sus necesidades indispensables, convertir piedras en panes. Le tentó para que lograra éxito inmediato en su ministerio apareciendo milagrosamente en el atrio del templo; para que tomara el dominio del mundo, que ya se le había destinado. Quizá estemos dispuestos a preguntar por qué el diablo le tentó para que hiciera cosas tan raras. Uno piensa que podría haberle tentado a pecar de un modo más eficaz. Pero no lo hizo; él sabía por qué. Sólo dijo: "—Si eres el Hijo de Dios, ordena a estas piedras que se conviertan en pan" Mateo 4:3 ¿Qué quería decir? La sugerencia era la siguiente: si eres el Hijo de Dios, hay que hacer algo que lo pruebe. Aquí hay un desafío. Alguien seguramente pondrá en duda la veracidad de tu pretensión. ¿Por qué no enfrentas la cuestión en forma terminante al salir a probarla?


Toda la sutil preocupación de Satanás era lograr que el Señor actuara por sí mismo —es decir, desde su alma— y por la posición que adoptó, el Señor Jesús repudió completamente tal actitud. En Adán, el hombre había actuado por sí mismo, aparte de Dios; esa había sido la tragedia en el huerto. Pero ahora, en una situación similar. El Hijo del Hombre toma otra posición. Más tarde la define como el principio básico de su vida, y me gusta la palabra usada en el griego: "Entonces Jesús afirmó: —Ciertamente les aseguro que el hijo no puede hacer nada por su propia cuenta, sino solamente lo que ve que su padre hace, porque cualquier cosa que hace el padre, la hace también el hijo." Juan 5:19 Esa negación total de la vida natural iba a regir todo el ministerio del Señor.


Así que podemos decir que toda la obra que hizo el Señor Jesús en la tierra, previa a su muerte misma en la cruz, se hizo en base a la ley de la muerte y de la resurrección, aunque como acontecimiento histórico el Calvario estaba todavía en el futuro. Todo lo que hizo lo hizo sobre esta base. Pero si eso es cierto —si el Hijo del Hombre tuvo que pasar por la muerte y resurrección (en figura y en principio) a fin de trabajar— ¿podremos nosotros hacer otra cosa? Por supuesto que no; ningún siervo del Señor puede servirle sin conocer él mismo la operación de este principio en su propia vida. Esto está fuera de cuestión.


El Señor dejó sentado este principio cuando se despidió de sus discípulos. El había muerto y resucitado, y les dijo que esperasen en Jerusalén para el derramamiento del Espíritu. Y bien, ¿qué es ese poder del Espíritu Santo, ese "poder de lo alto" del cual hablaba? Es nada menos que la virtud de su muerte, resurrección y ascensión. Empleando otra figura, diremos que el Espíritu Santo es el vaso en el cual están depositados todos los valores de la muerte, resurrección y exaltación del Señor Jesús, para que nosotros los recibamos. El es quien "contiene" dichos valores y los hace llegar a los hombres. Por eso, el Espíritu no pudo ser enviado antes de que el Señor fuera glorificado. Sólo después de ese hecho podía El reposar sobre los hombres y mujeres para hacer que testificasen. Sin los valores de la muerte y de la resurrección de Cristo no hay testimonio posible.


Esto se da también en el Antiguo Testamento. Me refiero a un pasaje conocido en el capítulo 17 de Números. Es la ocasión en que se discute el ministerio de Aarón. El pueblo de Dios duda de que Aarón sea de veras el escogido de Dios, y dicen: si este hombre es ordenado de Dios o no, no lo sabemos. Dios, por lo tanto, se dispone a probar quién es su siervo y quién no lo es. ¿Cómo lo hace? Doce varas muertas están colocadas delante del Señor en el santuario frente al arca del testimonio, y quedan allí toda la noche. Luego, por la mañana, el Señor indica quiénes su ministro escogido haciendo que la vara que le pertenece florezca, brote y dé fruto.


Todos sabemos el significado de esto. La vara que brota habla de la resurrección. Es la muerte y la resurrección lo que caracteriza un ministerio venido de Dios. Sin esto no hay nada. El resurgimiento de la vara de Aarón probó que el estaba sobre una base verdadera. Dios solo reconoce como ministros suyos a los que han pasado de la muerte a la resurrección.


Hemos visto que la muerte del Señor opera en distintos modos y tiene diferentes aspectos. Sabemos cómo su muerte ha obrado con respecto al perdón de nuestros pecados. Todos sabemos que nuestro perdón se basa en la sangre derramada, y que sin el derramamiento de sangre no hay remisión de pecados Hebreos 9:22. Luego hemos proseguido en nuestras consideraciones, y en Romanos 6 hemos visto cómo la muerte obra para enfrentar el poder del pecado. Hemos aprendido que nuestro viejo hombre ha sido crucificado a fin de que no sirvamos más al pecado, y hemos alabado al Señor porque también en esto su muerte ha obrado nuestra liberación. Más adelante surge el problema de la voluntad personal y se hace evidente la necesidad de la consagración; y descubrimos que la muerte obra para producir en nosotros la disposición de abandonar nuestra propia voluntad y de obedecer al Señor. Esto, en efecto, constituye un punto de partida para nuestro ministerio, pero no llega aún a la raíz del problema. Puede ser que falte todavía conocer lo que significa el alma.


Un paso más y se nos presenta otro aspecto en Romanos 7, donde se plantea la cuestión de la santidad de vida, de una santidad viva y personal. Allí encontramos a un verdadero hombre de Dios que trata de agradarle en justicia, pero viene a estar bajo la ley y la ley lo saca a la luz. Trata de agradar a Dios mediante su propio poder carnal, y la cruz tiene que llevarle a la posición en que él debe confesar: "no puedo. No puedo satisfacer a Dios con mis propios poderes; sólo puedo confiar que lo haga el Espíritu Santo en mí." Creo que algunos de nosotros hemos pasado por experiencias profundas para aprender esto y para descubrir el valor de la muerte del Señor que obra en esta forma.


Pero notemos bien, todavía hay mucha diferencia entre "la carne", según se emplea esta expresión en Romanos 7 con relación a la santidad de vida, y la actividad de las energías naturales del alma en el servicio del Señor. A pesar de saber todo lo antedicho —y saberlo por experiencia— aún queda una esfera más donde debe aplicarse la muerte del Señor antes de que podamos servirle en forma eficaz. Con todas las experiencias ya referidas, no somos de confianza para su servicio hasta que se efectúe esta obra adicional en nosotros. Muchos siervos de Dios son usados por El —como decimos en la China— ¡para levantar tres metros de pared que luego deshacen ellos mismos derrumbando cuatro metros! En cierta medida somos utilizados por Dios, pero al mismo tiempo destruimos nuestra obra y a veces también la de otros, porque algo en nosotros no está sometido al poder de la cruz.


Tomado del libro "La Cruz en la vida Cristiana Normal" Watchman Nee

© Chalo Jiménez 2008. Derechos Reservados.
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