miércoles, 24 de diciembre de 2008

UN ABISMO LLAMA A OTRO ABISMO III

Escrito por: Watchman Nee

El Señor Jesús en algunas ocasiones dio Su testimonio, pero nunca habló más de lo necesario. Una cosa es dar testimonio, y otra muy distinta ser locuaz. En muchas ocasiones el Señor pedía a quienes sanaba que no lo dijeran a nadie. Esta orden se repite constantemente en el evangelio de Marcos. En una ocasión el Señor le dijo a cierta persona: “—Vete a tu casa, a los de tu familia, y diles todo lo que el Señor ha hecho por ti y cómo te ha tenido compasión.” Marcos 5:19.

Es apropiado hablar de las grandes cosas que el Señor ha hecho por nosotros, pero no debemos publicarlas, como si se tratara de noticias; lo único que esto hace es poner en evidencia el hecho de que no tenemos raíces. No tener raíces es no tener ningún tesoro; es no tener vida ni experiencias secretas. Es esencial que algunas de nuestras experiencias permanezcan guardadas en secreto; revelarlo todo, equivale a perderlo todo.

Recordemos además que si mostramos todos nuestros tesoros, no podremos evitar ser llevados en cautiverio. La muerte y la exhibición van juntas. Cuando testificamos, debemos ser como Pablo, el cual aunque se vio obligado a gloriarse, dijo: “aunque nada se gane con ello” 2 Corintios 12:1.

Con frecuencia el ataque de Satanás se presenta cuando el hombre se exhibe. Cualquier clase de exhibición acarrea pérdida. Muchos creyentes, cuando son sanados, testifican para la gloria de Dios, pero la mayoría de estos testimonios no glorifican a Dios, sino que exaltan la fe del que testifica. Como resultado, la enfermedad regresa. Después de que estas personas dan sus testimonios, son atacadas de nuevo por la misma enfermedad. Esto nos muestra que Dios abriga a aquellos que mantienen sus raíces ocultas, mas no a los que las exhiben; éstos quedan expuestos a ser atacados. Si Dios nos guía a testificar, debemos hacerlo, teniendo en cuenta que hay muchas cosas que debemos guardar. Dios protege lo que guardamos ante El y lo que sólo nosotros disfrutamos personalmente.

Este mismo principio se aplica a nuestra labor. Por la gracia y la misericordia de Dios, El ha realizado algunas obras por medio de nosotros, pero debemos recordar que Sus obras no son noticias, ni propaganda. Si uno divulga lo que Dios hace en uno, inmediatamente sentirá que la muerte viene sobre lo que uno ha experimentado, y se va desvaneciendo a medida que uno lo exhibe.

En 2 Samuel 24 encontramos que cuando David censó a los hijos de Israel, la muerte vino sobre ellos. Dios nos libre de exhibir lo que tenemos.

Cualquier secreto que tengamos con el Señor, debemos reservarlo. Sólo debemos actuar según las instrucciones que Dios nos da. Debemos revelar algo sólo si interiormente somos guiados a hacerlo. Si Dios quiere que compartamos alguna experiencia con un hermano, debemos hacerlo, pues de lo contrario violaríamos una ley de los miembros del Cuerpo de Cristo, que es la comunión. Si reprimimos esta ley, el fluir se detendrá. Debemos tener una actitud positiva y ministrar vida a los demás. Pero si constantemente acaparamos la atención, entonces la locuacidad y la exhibición nos harán vulnerables a los ataques del enemigo.

Espero que conozcamos el Cuerpo de Cristo y el fluir de vida entre sus miembros; pero también quisiera que aprendiéramos a guardar nuestra porción secreta delante del Señor, es decir, esas experiencias que nadie conoce. No debemos sacar a la luz ninguna raíz.

A medida que ganamos profundidad y extendemos nuestras raíces, descubriremos que “un abismo llama a otro abismo”. Cuando extraemos riquezas de lo más profundo de nuestro ser, vemos que otras vidas son profundamente afectadas. En el momento que toquemos nuestro ser interior, otros creyentes recibirán ayuda y serán iluminados. Se darán cuenta de que hay algo más profundo de lo que pueden entender.

Cuando lo profundo que hay en nosotros toca lo profundo de otra persona, ella responde. Si nuestra vida no tiene profundidad, nuestra obra será superficial y el efecto que tenga en los demás también será superficial. Repitamos esto de nuevo: sólo “un abismo llama a otro abismo”.

© Chalo Jiménez 2008. Derechos Reservados.

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