sábado, 9 de mayo de 2009

¿QUIEN ES EL DUEÑO?

Escrito Por: Charles Swindoll 

Con un poco de imaginación santificada, un hombre ofrece el siguiente diálogo para ilustrar lo que significa el dejar todo nuestro ser en las manos de Dios de tal modo que quedemos libres para servir a otros: 

— ¿Cuánto cuesta esta perla? Quiero tenerla.

— Bueno —dirá el vendedor—, es muy cara.

— Bien, pero, ¿cuánto cuesta? —insistimos.

— Es muy, muy cara.

— ¿Piensa que podré comprarla?

  Por supuesto. Cualquiera puede adquirirla.

  Pero, ¿es que no me acaba de decir que es muy cara?

  Sí.

  Entonces, ¿cuánto cuesta?

  Todo cuanto usted tiene —responde el vendedor. Pensamos unos momentos. —Muy bien, estoy decidido, ¡voy a comprarla! —exclamamos.

— Perfecto. ¿Cuánto tiene usted? —Nos pregunta— Hagamos cuentas.

  Muy bien. Tengo cinco millones de pesos en el banco.

  Bien, cinco millones. ¿Qué más?

  Eso es todo cuanto poseo.

  ¿No tiene ninguna otra cosa?

  Bueno… tengo unos pesos en el bolsillo.

  ¿A cuánto ascienden? Nos ponemos a hurgar en nuestros bolsillos. —Veamos, esto… cien, doscientos, trescientos… aquí está todo ¡ochocientos mil pesos!

— Estupendo. ¿Qué más tiene?

— Ya le dije. Nada más. Eso es todo.

— ¿Dónde vive? —me pregunta.

— Pues, en mi casa. Tengo una casa.

  Entonces la casa también —me dice mientras toma nota.

  ¿Quiere decir que tendré que vivir en mi remolque?

  Aja, ¿con que también tiene un remolque? El remolque también. ¿Qué más?

— Pero, si se lo doy entonces tendré que dormir en mi automóvil.

  ¿Así que también tiene un auto?

  Bueno, a decir verdad tengo dos.

— Perfecto. Ambos coches pasan a ser de mi propiedad, ¿Qué otra cosa?

— Mire, ya tiene mi dinero, mí casa, mi remolque, mis dos autos. ¿Qué   otra cosa quiere?

— ¿Es solo? ¿No tiene a nadie?

— Sí, tengo esposa y dos hijos…

— Excelente. Su esposa y niños también. ¿Qué más?

— ¡No me queda ninguna otra cosa! Ahora estoy solo. 

De pronto el vendedor exclama: —Pero, ¡casi se me pasa por alto! Usted. ¡Usted también! Todo pasa a ser de mi propiedad: esposa, hijos, casa, dinero, automóviles y también usted. 

Y enseguida añade: —Preste atención, por el momento le voy a permitir que use todas esas cosas pero no se olvide que son mías y que usted también me pertenece, y que toda vez que necesite cualquiera de las cosas de que acabamos de hablar debe dármelas porque yo soy el dueño. 

Así ocurre cuando se es propiedad de Jesucristo. 

Eso es lo que significa llegar a un acuerdo con la condición de siervo. Un concepto sumamente duro, ¿verdad? Sí, duro… pero ahora sabemos por qué. 

¿Recuerda usted el monumento? 

YO

MI

MIÓ

YO MISMO 

Desde ahora hasta el fin de este libro, vamos a asaltar ese monumento. Vamos a poner toda la atención a lo que significa ser diferente. 

No uno que recibe, sino uno que da.

No uno que guarda rencor, sino uno que perdona.

No uno que guarda apuntes, sino uno que olvida.

No un superestrella, sino un siervo.

Tomado del libro: “DESAFÍO A SERVIR” Charles R. Swindoll 

©Chalo Jiménez 2008. Derechos Reservados.

Prohibida su reproducción total o parcial sin la autorización del autor

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