viernes, 12 de junio de 2009

RESISTAN AL DIABLO III

Escrito por: Watchman Nee

El problema radica en que Satanás no desea que se descubra que él ha causado cierta enfermedad. El se esconde detrás de síntomas conocidos, y nos hace creer que toda enfermedad es el resultado de causas naturales. Si le permitimos esconderse detrás de síntomas que consideramos naturales, la enfermedad no se irá. Una vez que ponemos en evidencia la actividad de Satanás y lo reprendemos, la enfermedad se va. Un hermano tenía una fiebre muy alta y un terrible malestar. No podía dormir y no entendía qué le sucedía. Cuando comprendió que aquello era obra de Satanás, oró al Señor por ese asunto, y al día siguiente ya no tenía fiebre.

Cuando un cristiano se enferma, debe determinar primero la causa de su enfermedad. Debe preguntar: ¿Existe alguna causa válida para que yo tenga esta enfermedad? ¿Se debe a causas naturales, o es un ataque de Satanás? Si no hay una razón justificable y usted descubre que de hecho es un ataque de Satanás, debe rechazarla.

La acción de Satanás en el cuerpo del hombre no solamente produce enfermedad, sino también muerte. Satanás ha sido homicida y mentiroso desde el principio (Juan 8:44). No solamente debemos resistir la enfermedad que nos viene de Satanás, sino también sus acciones homicidas. Toda noción de muerte como escape de cualquier cosa es idea de Satanás. Satanás indujo a Job a pensar en la muerte. El no solamente hizo esto con Job, sino que también trató de hacerlo con todos los hijos de Dios. Toda noción de suicidio, deseo de morirse y o de partir prematuramente son tentaciones de Satanás. El instiga al hombre a pecar y también a buscar la muerte. Inclusive el temor del peligro cuando uno está viajando, es un ataque de Satanás. Debemos rechazar estos pensamientos y no permitir que permanezcan en nosotros.

C. Satanás actúa en la conciencia del hombre.

Leemos en Apocalipsis 12:10: “Ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche”.

Esto nos muestra que parte de la obra de Satanás es acusarnos, lo cual lleva a cabo en la conciencia del hombre. Tan pronto como una persona es salva, su conciencia es avivada y empieza a reconocer el pecado. Satanás sabe esto; sabe que el Espíritu Santo toca la conciencia de los hijos de Dios y los hace conscientes del pecado. También sabe que el Espíritu Santo los guía a confesar y a pedir perdón ante Dios. En consecuencia, se anticipa a imitar la obra del Espíritu santo y genera acusaciones en la conciencia del hombre. Este ataque es bastante común entre los hijos de Dios y causa muchos estragos.

Muchos hijos de Dios no pueden diferenciar entre la desaprobación del Espíritu Santo y la acusación de Satanás. Como resultado, vacilan antes de resistirse. Esto le concede a Satanás más terreno para acusarnos. Muchos hijos de Dios pudieron haber sido de gran utilidad en las manos de Dios, pero sus conciencias se debilitaron grandemente por el ataque de Satanás. Ellos son constantemente bombardeados con las acusaciones y el sentir de haber pecado. No se atreven a estar en pie ante Dios ni ante los hombres. Como resultado quedan incapacitados espiritualmente por el resto de sus vidas.

Es cierto que debemos prestar atención a la reprensión del Espíritu Santo, pero también debemos rechazar la acusación de Satanás. Notemos la diferencia que existe entre la desaprobación del Espíritu Santo y la acusación de Satanás. En muchas ocasiones lo que consideramos una reprensión de nuestra conciencia es una imitación, pues en realidad es una acusación de Satanás.

1. La diferencia entre la acusación de Satanás y la reprensión del Espíritu Santo

¿Cuál es la diferencia entre la acusación de Satanás y la reprensión del Espíritu Santo?

En primer lugar, toda desaprobación que el Espíritu Santo pone en nosotros, comienza con una leve percepción, que se va intensificando y nos muestra nuestros errores. Por su parte, la acusación de Satanás es una sensación interior continua y agobiante. La amonestación del Espíritu Santo crece paulatinamente; pero las acusaciones de Satanás son las mismas de principio a fin. Con el paso del tiempo, la indicación del Espíritu aumenta gradualmente, pero la acusación de Satanás es un constante e invariable remordimiento.

En segundo lugar, cuando atendemos a la reprensión del Espíritu, el poder del pecado disminuye en nosotros. Toda reprensión del Espíritu Santo debilita el poder del pecado y el pecado mismo. No sucede lo mismo cuando Satanás nos acusa, pues cuando lo hace, vemos que el poder del pecado es mucho mayor que antes.

En tercer lugar, la amonestación del Espíritu Santo nos conduce al Señor, mientras que la acusación de Satanás nos desanima. Cuanto más nos corrige el Espíritu Santo, más fortalecidos somos interiormente para afrontar nuestro problema ante el Señor. Pero las acusaciones de Satanás nos llevan a la desesperación o a la resignación. La desaprobación del Espíritu Santo hace que acudamos al Señor y dependamos de El; la acusación de Satanás hace que nos centremos en nosotros mismos y nos desanimemos.

En cuarto lugar, si el Espíritu Santo nos corrige, confesaremos el pecado al Señor, lo cual si no nos trae gozo, por lo menos nos traerá paz. Tal vez surja el gozo, o tal vez no, pero siempre habrá paz. Sin embargo, la acusación de Satanás es totalmente diferente. No hay ni gozo ni paz, ni siquiera después de confesar los pecados. Esto es como acabar de pasar por una enfermedad grave o después de ver un drama; cuando ha pasa todo, no queda nada. La amonestación del Espíritu Santo produce gozo, o por lo menos paz; pero la acusación de Satanás no conduce a nada.

Quinto, la desaprobación del Espíritu Santo nos trae a la memoria la sangre del Señor, pero la acusación de Satanás siempre trae consigo el pensamiento: “La sangre de nada te sirve; el Señor no te perdonará”. Este pensamiento estará presente aun cuando sepamos que la sangre de Cristo está disponible. En otras palabras, la corrección del Espíritu Santo nos guía a creer en la sangre del Señor, mientras que la acusación de Satanás hace que perdamos la fe en la sangre del Señor.

Cuando llega cierto sentimiento, simplemente examine si recuerda la sangre del Señor o si la menosprecia. Esto nos indicará si el sentimiento es una amonestación del Espíritu Santo o una acusación de Satanás.

Sexto, la corrección del Espíritu Santo es poder de Dios; lo levanta a uno y lo hace avanzar más rápidamente. Así uno seguirá con celo renovado, hará a un lado su confianza en sí mismo y tendrá más fe en Dios. Sin embargo, la acusación de Satanás debilita la conciencia, y ésta queda herida ante Dios. No tienen fe en sí mismos, ni tienen fe en Dios. Si bien es cierto que la amonestación del Espíritu Santo nos debilita a nosotros y nuestra confianza en nosotros mismos, también es cierto que nos infunde más fe en el Señor. No sucede lo mismo cuando Satanás nos acusa, pues además de dejar de confiar en nosotros, hace que perdamos la fe en el Señor. Como resultado nos volvemos débiles.

©Chalo Jimenez- BUSCANDO A DIOS -2009. Derechos Reservados.
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