jueves, 30 de abril de 2009

¿MANDAMAS O SIERVO?

Escrito por: Charles Swindoll 


En el sistema secular hay niveles distintos de autoridad. Ciertamente esto se cumple en el día de hoy. En el gobierno está el presidente, los ministros de su gabinete y un gran cuerpo de hombres personalmente seleccionados, los cuales tienen privilegios que no posee el ciudadano común. En las fuerzas armadas hay oficiales y hombres sin grado de oficial…y grados dentro de cada rama de las fuerzas. En los deportes hay entrenadores y jugadores. En los negocios hay presidentes de las corporaciones y líneas de autoridad entre los administradores y el personal, superintendentes de las tiendas, capataces y obreros. Se espera que la persona que pertenece a la fuerza laboral marque la hora de llegada en el reloj registrador, que se presente a tiempo, que trabaje duro y que no se aproveche de su patrón. Hay un nombre que se aplica a los que prefieren no seguir estas instrucciones: ¡Desempleados! ¿Por qué? Porque el jefe tiene a su cargo la elección de la empresa. Así es como opera el sistema. Jesús lo «expreso de la siguiente manera: "Los que son grandes ejercen sobre ellas potestad". Pero luego agrega: "Mas entre vosotros no será así”. ¿Qué es lo que no será así? Simple­mente esto: en la familia de Dios tiene que haber un gran cuerpo de personas: siervos. De hecho, ésa es la manera de llegar a la cumbre en su reino. 


“…el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor” 


Esas son palabras olvidadas. 


Sí, éstas parecen ser palabras olvidadas, aun en muchas iglesias que tienen pastores afables, ejecutivos de gran autoridad y cantantes de primera categoría. Infortunadamente, no parece haber mucho de la mentalidad de siervo en tales ambientes. Aun en nuestra iglesia tenemos la tendencia de dejarnos atrapar tanto por la competencia de éxito y prestigio que perdemos de vista nuestro llamamiento esencial como seguidores de Cristo. El "síndrome de la celebridad", que está tan presente en nuestro pensamiento y actividades cristianas, no cuadra con las actitudes y mensajes de Jesús. Nos hemos deslizado hacia un patrón en el que las celebridades y los mandamás en la vida de nuestra iglesia dan las órdenes, y es difícil ser un siervo cuando uno es utilizado para que les diga a otros qué es lo que deben hacer. 


Tal vez debo aclarar lo que quiero decir. En el cuerpo de Cristo hay una cabeza. Cristo Jesús es el Señor de su cuerpo. 


“Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación,  porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él. Él es anterior a todas las cosas, que por medio de él forman un todo coherente. Él es la cabeza del cuerpo, que es la iglesia. Él es el principio, el primogénito de la resurrección, para ser en todo el primero” (Colosenses 1:15-18). 


Ningún ser humano se atreve a tomar esa posición. Un hombre llamado Diótrefes, que se menciona en 3 Juan, versículos 9 y 10, intentó hacer eso, y fue directamente reprendido por el apóstol. Diótrefes llega a ser una advertencia para cualquiera que desee llegar a ser "el jefe de la iglesia". Este pudiera ser un miembro de la directiva, un pastor, un maestro, un músico, un ex funcionario o un ex pastor de la iglesia. No importa quién sea, la mentalidad de Diótrefes no tiene lugar en el cuerpo de Cristo. Sólo Cristo es la cabeza. Todos los demás pertenecemos a la clase a la cual se refirió Jesús en Mateo 20…siervos. 


Probablemente usted está diciendo: "Pero para que se hagan las cosas, tiene que haber liderato". Sí, estoy de acuerdo. Pero tiene que ser un liderazgo con corazón de siervo entre todos. Usted se dará cuenta de que no estoy interesado en la forma de gobierno que su iglesia pueda escoger, sino sólo en que todos los que participan en ese ministerio (sean líderes o no) se consideren como servidores, como dadores. Lo más importante es la actitud. 


Tal vez el mejor ejemplo, aparte del mismo Cristo, fue aquel joven judío de Tarso, quien fuera radicalmente transformado: era un obstinado funcionario del judaísmo, y llegó a ser un esclavo de Jesucristo. Se llamó Pablo. ¡Qué cambio tan notable! ¡Qué hombre tan destacado! 


Es posible que usted tenga la noción de que el apóstol Pablo se abrió paso por la fuerza a través de la vida, como un barco de guerra completamente cargado en el mar. Arremetiendo y descargando golpes contra los objetivos, simplemente era demasiado importante para preocuparse por los pequeños o por los que se le atravesaban en el camino. Al fin y al cabo, ¡él era Pablo! Tengo que confesar que esta descripción no está muy lejos de la impresión original que de este hombre tuve en mis primeros años de cristiano. Según mi manera de pensar, Pablo había sido una combinación de los artistas cinematográficos John Wayne, Clint Eastwood y Hulk, si hubieran sido cristianos. Lo que quiero decir es que él lograba que se hicieran las cosas. 


Pero esa falsa impresión comenzó a desvanecerse cuando hice un estudio profundo de Pablo: su estilo, la descripción que él dio de sí mismo, aun los comentarios que hizo de varias iglesias y de diversas personas al escribir a unas y a otras. Descubrí que el hombre a quien yo consideraba como el personaje principal, por excelencia, se consideraba a sí mismo completamente lo contrario. Casi sin excepción, él comenzó todas sus cartas y epístolas con palabras que tenían este sentido: "Pablo, siervo…" o "Pablo, esclavo…” 


Cuanto más reflexionaba yo en esas palabras, tanto más profundo me penetraban. Este hombre, que ciertamente pudiera haber esperado un trato preferencial, o haber exigido un papel arrogante de autoridad sobre los demás, se refirió a sí mismo muy a menudo como un "siervo" de Dios. ¡Sorprendente! El en realidad era un apóstol, pero se conducía, se portaba, como un siervo. Esto me pareció sumamente conmovedor. 


Cuanto más pienso en este concepto, tantas más evidencias surgen de la Biblia que lo apoyan. En efecto, la mayoría de los descubrimientos pertenecen a una de las tres categorías de características relacionadas con esta imagen de siervo: Humanidad transparente, humildad genuina, honestidad absoluta.

Tomado del libro: “DESAFÍO A SERVIR” Charles R. Swindoll 

©Chalo Jiménez 2008. Derechos Reservados.

Prohibida su reproducción total o parcial sin la autorización del autor

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viernes, 24 de abril de 2009

OBJETIVO VITAL “LA IMAGEN DE SU HIJO”

Escrito por: Charles Swindoll

Tal vez usted nunca se haya detenido a considerar que Dios está dedicado a un objetivo principal en las vidas de todo su pueblo: "Conformarnos a la imagen de su Hijo". Necesitamos recurrir a esa meta eterna, ahora cuando nuestra jaula está superpo­blada y nuestras vidas se están distanciando cada vez más unas de otras.

Exactamente, ¿qué es lo que nuestro Padre celestial quiere desarrollar dentro de nosotros? ¿Qué es "la imagen de su Hijo"? Bueno, en vez de sumergirse hasta el cuello en las profundas y engañosas aguas teológicas, creo que la simple respuesta se halla en las propias palabras de Cristo. Veamos lo que él declara en cuanto a la razón fundamental de su venida: “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” Marcos 10:45.

Aquí no hay equívoco. Esta es simplemente una declaración sin ambages. El vino a servir y a dar. Tiene sentido, entonces, decir que Dios desea lo mismo de nosotros. Luego de atraernos a su familia por medio de la fe en su Hijo, Dios tiene la mirada puesta en desarrollar en nosotros la misma cualidad que distin­guió a Jesús de todos los demás en su día. El está empeñado en desarrollar en su pueblo las mismas cualidades de servicio y dá­diva que caracterizaron a su Hijo.

No hay nada más alentador que el corazón de un siervo y un espíritu dador, especialmente cuando vemos estas características demostradas en una persona a quien muchos calificarían como una celebridad. Hace un par de años, mi esposa y yo, asistimos a la convención de los Radiodifusores Religiosos Nacionales en Washington, D. C., donde uno de los principales conferencistas era el coronel James B. Irwin, ex astronauta que fue parte inte­grante de la tripulación que tuvo el éxito de caminar en la luna. El habló acerca de la emoción de haber salido de este planeta y verlo cómo se reducía en tamaño. El mencionó que había observado la salida de la tierra en día...y pensó que era un gran privilegio ser miembro de esa tripulación única. Luego, cuando venía de regreso a casa, comenzó a comprender que muchos lo considerarían a él como un "superestrella", ciertamente una celebridad internacional.


Sintiendo profunda humildad ante la imponente bondad de Dios, el coronel Irwin compartió con nosotros sus verdaderos sentimientos. Algo como lo que sigue: “Mientras regresaba a la tierra, comprendí que yo era un siervo, no una celebridad. Así que estoy aquí como siervo de Dios en el planeta tierra, para compartir con ustedes lo que he experimentado, a fin de que otros conozcan la gloria de Dios”


Dios le concedió a este hombre salirse de la pequeña jaula que llamamos "tierra", y durante ese tiempo le mostró un lema básico que todos haríamos bien en aprender: un siervo, no una celebridad. Atrapados en el vertiginoso tráfago de la rutina del siglo XX, mientras corremos alocados a través de los aeropuertos, a fin de cumplir con nuestros compromisos, y adoptar decisiones de gran trascendencia, y hacer frente a la tensión que nos producen las demandas de la gente, mezcladas con nuestras propias expectativas elevadas, es fácil perder de vista nuestro principal llamamiento como cristianos, ¿no es verdad? Aun la ocupada madre de niños pequeños lucha con esto. Los montones de ropa para planchar y las interminables necesidades de su marido y de sus hijos no le permiten tener una visión del conjunto.


Si usted es como yo, algunas veces piensa: "Yo daría cualquier cosa para poder volver al tiempo cuando Jesús proyectó su sombra sobre la tierra. ¡Qué grande tuvo que haber sido sentarse como uno de los doce apóstoles y absorber todas las verdades que él enseñó. Lo que quiero decir es que ellos realmente tuvieron que haber aprendido a servir y a dar de sí mismos". ¿Correcto? ¡Incorrecto!


Permítame hacer un viaje de regreso con usted para estar presentes en una de las muchas escenas que realmente demostraron cuan típicos fueron aquellos hombres. Me refiero a una ocasión en que la popularidad de nuestro Señor estaba creciendo... el conocimiento de su reino se estaba esparciendo... y los discípulos comenzaron a afanarse, pues querían que se los reconociera como miembros de este grupo privilegiado.


Lo que hace que este relato sea un poco más interesante es la presencia de la madre de dos de los discípulos. Ella es la señora de Zebedeo, esposa de un pescador Galileo, y madre de Jacobo y Juan. Consideremos la petición de ella: “Entonces la madre de Jacobo y de Juan, junto con ellos, se acercó a Jesús y, arrodillándose, le pidió un favor. — ¿Qué quieres? —le preguntó Jesús. —Ordena que en tu reino uno de estos dos hijos míos se siente a tu derecha y el otro a tu izquierda.” Mateo 20:20, 21.


Ahora bien, no sea usted tan duro con esta querida madre judía. ¡Ella estaba orgullosa de sus hijos! Había pensado en esa petición durante un buen tiempo. Su motivo probablemente era puro, y su idea estaba en la perspectiva adecuada. Ella no pidió que sus hijos ocuparan el trono central. Claro que no. Ese le pertenecía a Jesús. Pero, como cualquier buena madre que anda a la caza de "oportunidades en la vida" que le sirvan para una agradable promoción, ella empujó a Jacobo y Juan como candidatos a ocupar el segundo y el tercer trono. Ella quería fortalecer la imagen de ellos ante el público. Quería que la gente tuviera un alto concepto de sus muchachos que habían dejado sus redes para entrar en este ministerio prometedor. Ellos estaban entre los 12 apóstoles. ¡Y eso necesitaba reconocimiento!


En caso de que usted se pregunte qué sintieron los otros diez apóstoles acerca de esto, eche una mirada al versículo 24. Dice que "los diez... se enojaron". Adivine usted por qué. ¡Claro! Ellos no iban a entregar esas posiciones cimeras sin luchar. Ellos se sentían completamente maltratados por el hecho de que tal vez Jacobo y Juan lograrían la gloria que ellos querían. ¿Le parece familiar esto?


Con punzante convicción Jesús responde a la madre con las siguientes palabras penetrantes: " —No saben lo que están pidiendo…" versículo 22. Eso tuvo que haberla punzado. Ella pensaba que realmente sabía lo que pedía. Estaba enamorada de su mundo de soldados que portaban medallas, emperadores que lucían joyas en sus coronas, gobernadores cuyos esclavos los atendían en cada necesidad, y aun mercaderes que contaban con sus empleados... a ella simplemente le pareció adecuado que esos dos hijos de ella tuvieran tronos, especialmente por cuanto eran socios fundadores del movimiento de Dios, que pronto sería un "reino". ¡Los gobernantes necesitan tronos!


No. Este movimiento es diferente. Jesús llama a sus discípulos aparte y les expresa el agudo contraste que hay entre la filosofía de él y el sistema del mundo en el cual ellos vivían. Lea sus palabras lentamente y con cuidado: “Jesús los llamó y les dijo: —Como ustedes saben, los gobernantes de las naciones oprimen a los súbditos, y los altos oficiales abusan de su autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor, y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de los demás; así como el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.” Mateo 20:25-28.

Tomado del libro: “DESAFÍO A SERVIR”” Charles R. Swindoll

©Chalo Jiménez 2008. Derechos Reservados.

Prohibida su reproducción total o parcial sin la autorización del autor

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jueves, 23 de abril de 2009

¿YO, UN SIERVO?

Escrito por: Charles R. Swindoll

 

¿Quién, yo un siervo? ¡Usted tiene que estar bromeando!

 

La idea de llegar a ser un siervo me parecía errónea o fatal. Ahora comprendo que la rechazaba a causa de que el concepto que yo tenía de siervo era algo que estaba entre un esclavo africa­no llamado Kunta Kinte, de la película Raíces, y los millares de obreros migratorios que, en el tiempo de la cosecha, llegan a tra­bajar en las tierras de cultivo de los Estados Unidos de América. Las dos clases representaban la ignorancia, eran objeto de mal­trato, tenían una vulgar ausencia de dignidad humana, y eran el epítome de muchas de las cosas a las cuales se opone el cristianis­mo.

 

Esta imagen mental me desalentaba por completo. En mi ca­beza había una caricatura de una criatura que virtualmente no tenía voluntad ni propósito en la vida… encorvada, abrumada de espíritu, sin estima de sí misma, sucia, arrugada y cansada. Usted me entiende, cierta clase de muía humana que, con un suspiro, se arrastra y camina pesadamente por los largos callejo­nes de la vida. Por favor, no me pregunte por qué; pero ésa era la idea que me venía cada vez que oía la palabra siervo. Cándidamente, la idea me disgustaba.

 

Y la confusión aumentaba mi disgusto cuando yo oía que las personas, especialmente los predicadores vinculaban los térmi­nos siervo v líder. Me parecían tan opuestos como la luz y las tinieblas, un clásico ejemplo de la proverbial clavija cilíndrica en un agujero cuadrado. Claramente recuerdo que pensé en ese tiempo: "¿Quién, yo un siervo? ¡Usted tiene que estar bromean­do!"

 

Tal vez ésa sea también la reacción inicial de usted. Si así es, lo entiendo. Pero usted va a recibir una agradable sorpresa. Tengo grandes noticias basadas en alguna información muy útil que, si se aplica, cambiará su mente y luego, su vida. Me emocio­no al pensar que Dios va a usar las palabras de este libro para presentarle (como lo hizo conmigo) la verdad relacionada con el auténtico servicio. ¡Cuan desesperadamente necesitamos mejo­rar nuestro servicio!

 

Hace varios años leí acerca de un experimento fascinante diri­gido por el Instituto Nacional de Salud Mental. Ocurrió en una jaula de tres metros cuadrados diseñada para albergar cómoda­mente 160 ratones. Durante dos años y medio, la colonia ratonil creció de 8 a 2.200. Se les proveyó continuamente alimento, agua y otros recursos. Se eliminaron todos los factores que provocan mortalidad (excepto la edad). El doctor John Calhoun, un sicólo­go investigador, comenzó a observar una serie de fenómenos raros entre los ratones, a medida que la población llegaba a su punto culminante. Dentro de la jaula, de la cual no podían escapar los ratones, la colonia comenzó a desintegrarse.

 

Los adultos formaron grupos o pandillas de alrededor de una docena en cada grupo. En estos grupos, cada ratón realizaba funciones sociales particulares y diferenciadas. Los machos que normalmente protegían su territorio se re­tiraron del liderato y se volvieron pasivos de una manera inusitada. Las hembras por lo general se volvieron agresivas y desalojaban a las jóvenes. Los jóvenes no hallaron lugar en la sociedad, y mientras iban creciendo fue aumentando más su desenfreno. Comían, be­bían, dormían y se acicalaban; pero no mostraban la normal agresividad. Toda la sociedad ratonil finalmente se desorganizó… y después de cinco años, todos los ratones habían muerto, a pesar de que había abundancia de alimento, agua, recursos; y no había enfermedades.

 

Lo que les interesó más a los observadores fue la fuerte independencia, el exagerado síndrome de aislamiento de los ratones. Esto se destacó grandemente por el hecho de que el galanteo y el apareamiento, las actividades más complejas de los ratones, fueron las primeras actividades que cesaron.

 

Si la humanidad se sometiera a iguales condiciones, ¿qué resultado habría? ¿Cuáles serían los resultados de vivir en condiciones superpobladas en un planeta del cual no se puede escapar, con los factores acompañantes de la tensión? El doctor Calhoun sugirió que, ante todo, dejaríamos de reproducir nuestras ideas, y con ello perderíamos nuestras metas, nuestros ideales y nuestros valores.

 

Eso está ocurriendo.

 

Nuestro mundo se ha convertido en una institución grande, impersonal y ocupada. Estamos alejados los unos de los otros. Aunque estamos apiñados, nos sentimos solos. Estamos distanciados. Empujados, hemos llegado a estar juntos, pero no comprometidos. La mayoría de los vecinos ya no hablan a través de la cerca del patio de atrás. El bien cortado césped del frente es el foso moderno que mantiene a los bárbaros a raya. El acumulamiento de riquezas y la ostentación han reemplazado a la participación y a la preocupación por los demás. Es como si estuviéramos ocupando un espacio común, pero no tuviéramos intereses comunes; como si estuviéramos en un ascensor en el cual hubiera las siguientes normas: "No hable. No se ría. No se permite el contacto visual sin el consentimiento escrito de la administración".

 

Aunque sea doloroso admitirlo públicamente, en esta gran tierra americana, estamos perdiendo el contacto los unos con los otros. La motivación para ayudar, para animar, sí, para servir a nuestros semejantes está languideciendo. Las personas observaron que un crimen se cometía, pero se negaron a ayudar, para no complicarse. En estos días confusos estamos perdiendo hasta nuestros valores fundamentales. Y sin embargo, éstos son los elementos esenciales de una vida feliz y satisfactoria.

 

¿Recuerda usted aquella gran declaración de seguridad bíblica en la verdad fundamental de Romanos 8? Me refiero a los versículos 28 y 29, donde leemos:

 

“Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito. Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos”

Tomado del libro: “DESAFÍO A SERVIR”” Charles R. Swindoll

© Chalo Jiménez 2008. Derechos Reservados.

Prohibida su reproducción total o parcial sin la autorización del autor.

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martes, 21 de abril de 2009

NO SER SUBJETIVOS IV

Escrito por: Watchman Nee


CINCO


Con respecto a la subjetividad, debemos observar otro asunto: nuestra subjetividad tiene que ser disciplinada por Dios a fin de que seamos las personas adecuadas para disciplinar a otros. Dios nos guiará a tratar asuntos disciplinarios con otras personas sólo cuando Él ya haya hecho lo mismo con nosotros. Él no confía en una persona subjetiva, ya que ella no puede hacer la voluntad de Dios y no tiene la manera de llevar a otros a hacer Su voluntad. Si una persona subjetiva es puesta en la obra para instruir a otros en el camino de Dios, su propia voluntad se manifestará diez veces más fuerte que la del Señor.


Las personas subjetivas quieren que todos las escuchen a ellas. Una persona no puede ser usada por el Señor a menos que sea llevada a tal punto que haya perdido todo interés por ganar seguidores. Debemos permitir que seamos quebrantados y destrozados al grado que ya no busquemos que otros nos obedezcan. No debemos interferir con la libertad, la vida personal ni el criterio de otros. No tenemos interés en involucrarnos en la vida o los asuntos de otras personas. Como siervos del Señor, tenemos que ser disciplinados por el Señor hasta este grado.


Sólo entonces podremos ser usados para hablar por Él como Su autoridad delegada. De otra manera, existirá el riesgo de que usurpemos la autoridad de Dios buscando llevar a cabo nuestra propia voluntad, por medio de la cual nos convertiremos en gobernantes, maestros o padres sobre los hijos de Dios. El Señor dijo: “Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos... mas entre vosotros no será así” (Mt. 20:25-26).


Si alguien nunca ha sido quebrantado por el Señor, y si valora secretamente sus propias ideas, demandas y preferencias, Dios no podrá usarlo porque no es digno de Su confianza. Si Dios le confiara Su rebaño a tal persona, ésta guiaría el rebaño a su propia casa. Muchas personas no son dignas de la confianza de Dios, por tanto Él no puede confiarle a nadie en sus manos. Si una persona sólo busca sus propios intereses, no es capaz de llevar a otros al camino de Dios. Nuestro hermano Pablo era muy flexible. Él era soltero y sabía que era mejor permanecer soltero que casarse. Sin embargo, nunca criticó el matrimonio.


Hermanos y hermanas, vean cuán ejercitado estaba nuestro hermano Pablo delante del Señor. Si una persona es subjetiva y su subjetividad nunca ha sido quebrantada, ciertamente insistiría en que todos se quedasen vírgenes y permaneciesen sin casarse. De seguro que condenaría a todo matrimonio. Alguien que es subjetivo ciertamente actuaría de esta manera, pero aquí había un hombre diferente. Él estaba firme en lo que hacía; conocía el valor de lo que estaba haciendo y defendía su posición, pero al mismo tiempo les daba a otros la libertad de hacer su propia elección. Deseaba que otros evitaran todo sufrimiento de la carne producido por el matrimonio; sin embargo, estaba de acuerdo con que otros se casaran. En él vemos a un hombre firme en el Señor, pero al mismo tiempo era comprensivo y tierno. Al discutir el asunto del matrimonio, aunque él era un hombre soltero, Pablo pudo declarar que la enseñanza de la abstinencia era una enseñanza de demonios.


Hermanos y hermanas, tenemos que aprender a asumir tal posición. Nunca debemos darle demasiado énfasis a una verdad tan sólo porque nos sentimos identificados con ella, pero tampoco debemos callar la verdad aunque tengamos un sentir diferente. Una vez dejemos de empeñarnos en tratar de influenciar la verdad de Dios según nuestros sentimientos, estaremos calificados para servir y guiar a otros de acuerdo con la dirección del Señor. Un requisito básico para participar en la obra es ser quebrantados y permitir que nuestra subjetividad sea reducida. Si nuestra subjetividad aún nos domina, causaremos que la obra de Dios se desvíe tan pronto como ésta sea puesta en nuestras manos.


Esto sería algo terrible. Es algo terrible que una persona actúe de forme precipitada y que hable descuidadamente. Debemos aprender a no interferir en los asuntos de otros. Jamás deberíamos dar órdenes en cuanto a la vida o los asuntos de otros, basados en nuestra subjetividad.


Dios no interfiere en el libre albedrío del hombre. El árbol de la ciencia del bien y del mal fue puesto en el huerto del Edén, y Dios le advirtió al hombre que no comiera de él, pero no lo mantuvo alejado del árbol con una espada de fuego. Si la espada encendida del capítulo 3 se hubiera usado en el capítulo 2 para custodiar el árbol del conocimiento del bien y del mal, el hombre nunca hubiera pecado. Le habría sido fácil a Dios hacer esto, pero no lo hizo. Más bien, Él dijo: “Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn. 2:17). Si el hombre insiste en comer de él, es cosa suya.


Tenemos que aprender a no controlar a otros imponiéndoles nuestros conceptos. Cuando no quieran escuchar nuestras palabras, no debemos forzarlos a escucharnos, debemos dejarlos en paz. Si tenemos una carga delante del Señor, debemos compartirla con los hermanos y hermanas. Si aceptan nuestra palabra, qué bien; pero si no lo hacen, debemos estar conformes y seguir nuestro camino. Nunca debemos imponerle nuestros pensamientos a nadie. Dios nunca ha hecho esto, y tampoco debemos hacerlo nosotros. Si alguien escoge rebelarse contra Dios, Él le permite tomar su propio camino.


Si otros no quieren tomar nuestro camino, ¿por qué debemos insistir? Tenemos que aprender a no insistir. Tenemos que permitirles que rechacen nuestro consejo. Si hemos aprendido las lecciones apropiadas delante del Señor, con gusto permitiremos que otros tomen su propio camino. No debemos obligar a nadie a que nos escuche, a que sigan nuestro camino ni a que reciban nuestra ayuda. Podremos estar seguros de nuestra función, pero no debemos obligar a otros a que reconozcan dicha función. Dios nunca obliga a nadie, y nosotros tampoco debemos hacerlo. No debemos actuar de manera subjetiva en la obra de Dios.


Ninguno de nosotros debe insistir en que otros nos escuchen. Aprendamos a estar atentos delante de Él. Mientras más otros nos escuchen, mayor será nuestra responsabilidad delante del Señor. ¡Qué gran responsabilidad llevamos si les damos una palabra equivocada a otros! No se regocijen porque otros acepten su palabra. Deben recordar la tremenda responsabilidad que está sobre nuestros hombros. Es algo tremendo que otros nos escuchen. Si otros nos escuchan cuando nuestro camino es torcido y no estamos claros acerca de la voluntad de Dios, de cierto seremos ciegos guiando a ciegos.


No sólo caerá en el hoyo el ciego que nos siga, sino que ambos ciegos, nosotros y nuestros seguidores caeremos en el mismo hoyo (Lucas 6:39). No piensen que sólo los seguidores caen y que tal vez los líderes se pueden escapar de la caída. Cuando un ciego guía a otro ciego, ambos caen en el hoyo. No debemos pensar que es algo simple hablar, enseñar y dar consejos a otros, o que es algo simple decir: “Debe hacer esto” o “Debe hacer aquello”. Si nos convertimos en maestros de muchos, instruyéndoles que hagan esto o aquello, corremos el riesgo de que tanto ellos como nosotros terminemos en el hoyo.

Tomado del libro "El carácter del obrero de Dios" Watchman Nee

© Chalo Jiménez 2008. Derechos Reservados.
Prohibida su reproducción total o parcial sin la autorización del autor.

lunes, 20 de abril de 2009

NO SER SUBJETIVOS III

Escrito por: Watchman Nee


Salmos 32:8-9 dice: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos. No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti”. Esto es muy significativo. No debemos ser como el caballo o como el mulo. Una mula necia puede ser entrenada para ir a donde su amo le indique.


Debería ser más fácil enseñar a los hijos de Dios a seguir la dirección divina que domar a un caballo. Un caballo, aun cuando haya sido domado, es considerado por Dios como una bestia “sin entendimiento”. Esto se debe a que el caballo sólo entiende la voluntad de su amo cuando es golpeado, empujado o llevado por las riendas. En cuanto a nosotros, debemos mirar el consejo que proviene de los ojos del Señor. Esto es algo que ni el caballo ni la mula pueden hacer. David dijo en este salmo: “te enseñaré... sobre ti fijaré mis ojos” (v. 8).


Debemos saber lo que el Señor está diciendo con sólo una mirada Suya. Debemos entender aun antes de que mueva Su mano, con sólo una pequeña mirada de Sus ojos. Prestemos especial atención a los ojos mencionados en este versículo. Una persona subjetiva no se identifica con este versículo. Hermanos y hermanas, no piensen que nuestra manera de ser y nuestro carácter son asuntos insignificantes.


Por favor, recuerden que si somos subjetivos, no podremos ser objetivos con Dios. Sin el debido entrenamiento, actuaremos de una manera subjetiva durante toda nuestra vida. No pensemos que repentinamente conoceremos la voluntad de Dios. Nosotros podemos estar satisfechos con ser como un caballo domado, pero Dios considera que un caballo y una mula no tienen entendimiento, aun después de ser domados. Esto quiere decir que no es suficiente con ser domados.


Tenemos que movernos tan rápido como se muevan los ojos del Señor. Tan pronto conozcamos el deseo de nuestro amo, debemos actuar. Tan pronto como Él nos dé una señal, debemos detenernos. Pero si estamos llenos de nuestras propias ideas, puntos de vista y conceptos subjetivos, nos será imposible responder a la dirección del Espíritu del Señor, movernos cuando Él se mueva y detenernos cuando Él se detenga.


El Señor a menudo quiere que nos detengamos, pero no lo hacemos. No podemos detenernos porque nuestro yo se ha involucrado en la actividad. Aquellos que buscan o hacen la voluntad de Dios tienen que controlar su yo. Debemos movernos cuando el Señor así lo quiera y detenernos cuando el Señor así lo desee. Tenemos que mantener nuestro yo a raya. Apenas seamos subjetivos el yo se involucra y entonces somos incapaces de parar cuando Dios así lo desee. Muchos tienen el doble problema de que al principio no pueden moverse, pero una vez que comienzan no pueden parar.


Estos son problemas serios, y el mayor problema que tenemos es nuestra subjetividad. Esto es lo que impide que la voluntad de Dios se manifieste a través de nosotros.


Entender la voluntad de Dios no tiene nada que ver con métodos, sino que depende del carácter de la persona. Uno no puede entender la voluntad de Dios simplemente porque alguien le indique la manera de conocerla. Esto no es posible. Sólo una persona con el carácter correcto y equipado con el método adecuado, puede conocer la voluntad de Dios. Si la persona no es la correcta, aunque tenga el método indicado no podrá conocer la voluntad de Dios.


Entender la voluntad de Dios tiene que ver con la persona. El simple hecho de contar con el método apropiado, no puede ayudarnos a entender Su voluntad. Esto no quiere decir que para entender Su voluntad no se requiera ningún método. Más bien, quiere decir que nuestra persona es el factor principal para entender la voluntad de Dios. Si no somos la persona adecuada, nada funcionará aunque tengamos el método correcto.


No debemos ser subjetivos. A fin de poder captar cada movimiento de Dios, tenemos primero que haber sido tocados por el Señor, y nuestra subjetividad tiene que haber sido subyugada hasta el grado que hayamos desechado todas nuestras opiniones. Si no podemos ser flexibles de modo que nos movamos y nos detengamos de acuerdo a la voluntad de Dios, no podremos entender Su voluntad ni podremos ser Sus siervos. Los siervos de Dios tienen que estar listos para seguir la voluntad de Dios.


Debemos ignorar las voces y exigencias que provengan del exterior, pues éstas no deben ser nuestra preocupación. Los requisitos básicos de un obrero del Señor son la flexibilidad y estar abiertos a seguir los cambios iniciados por Dios, Sus giros, Sus paradas, y a la forma que nos lleve. Esta es la única manera en que Dios puede guiarnos a Su camino.

Tomado del libro "El carácter del obrero de Dios" Watchman Nee

© Chalo Jiménez 2008. Derechos Reservados.
Prohibida su reproducción total o parcial sin la autorización del autor.

martes, 7 de abril de 2009

NO SER SUBJETIVOS II

Escrito por: Watchman Nee


CUATRO


Otro gran problema de una persona subjetiva es que no puede recibir ninguna orientación de parte de Dios. No tiene manera de conocer cómo Dios lo guía y es completamente ignorante de esa guía. Las personas subjetivas se hallan muy lejos de la voluntad de Dios como lo están el polo norte y el polo sur. Les es imposible conocer la voluntad de Dios porque no llenan los requisitos de un seguidor de Dios. Para ser guiados por Dios se requiere ser flexibles y diligentes, y tener un oído que sepa escuchar. Cuando la palabra de Dios llega a una persona así, ésta actúa de inmediato de acuerdo a ella, sin interponer ningún punto de vista personal y subjetivo.


El corazón de Balaam erró por su inclinación hacía las riquezas. En su juicio hubo subjetividad ya que insistió en su propia opinión. Fue por eso que Balaam oró una y otra vez hasta que Dios le permitió que fuera. Cuando la mente de un hombre es inflexible, le es difícil entender la voluntad de Dios.


Tenemos que aprender a andar en la voluntad de Dios. Tenemos que darnos cuenta que la voluntad de Dios a menudo requiere que nos detengamos inmediatamente o que empecemos a marchar de inmediato. Frecuentemente descubrimos que hemos planeado toda la jornada, sólo para descubrir que el Señor quiere que nos detengamos inmediatamente. ¿Qué debemos hacer si el Espíritu del Señor nos dice que nos detengamos? ¿Estaremos dispuestos a hacerlo? Una persona subjetiva no se detendrá.


En cambio, una persona que ha aprendido a escuchar a Dios, que no es subjetiva en ninguna manera, irá adelante cuando Dios se lo indique y se detendrá cuando Dios se lo ordene. No piense que esto es algo insignificante. Una persona subjetiva no es capaz de avanzar cuando Dios se lo indique. Sin embargo, una vez que haya arrancado, será difícil que Dios la detenga. Aquí es donde radica el problema. Se requiere un gran esfuerzo para empujar a los que son subjetivos, y una vez estos comienzan a moverse, nadie los puede detener.


En cambio, las personas instruidas son flexibles en las manos de Dios. Cuando Dios les dice que avancen, lo hacen y, cuando les ordena detenerse, obedecen. Estos son los únicos que serán guiados por Dios. Muchos no se mueven hasta que reciben un castigo fuerte, y una vez que comienzan a moverse, nunca se detienen. Siguen en la misma dirección continuamente. Dios tiene que usar Su fuerza para lograr detenerlos. Su subjetividad les impide conocer la voluntad de Dios y llevarla a cabo.


Un cuadro precioso de un hombre que no era subjetivo lo vemos cuando Abraham ofreció a Isaac. Si Abraham hubiera sido una persona subjetiva, cuando Dios le pidió que ofreciera a Isaac le habría sido difícil obedecer. Hubiera tenido muchas cosas que decir. Habría argumentado de esta manera: “Antes no tenía un hijo, y nunca pensé en la posibilidad de tener uno; creía que con Eliezer era suficiente. Fue Dios quien quiso que tuviera este hijo. Yo ni siquiera pensaba ni me imaginaba en tenerlo, ni Sara tampoco. Todo fue idea de Dios. Y ahora que me ha dado un hijo, ¿por qué quiere que lo ofrezca en holocausto?”.


Hermanos y hermanas, ¡una persona subjetiva tendría muchas razones para rechazar esta demanda! Pero Abraham era tan simple que ni siquiera tal demanda representó un problema para él. Él creía que Dios podía levantar a su hijo de los muertos. Así, mientras estaba frente al altar y levantaba el cuchillo para matar a su hijo, Dios preparó un carnero para que lo ofreciera en lugar de su hijo (Génesis 22:10, 13).


Si Abraham hubiese sido una persona subjetiva, tal demanda hubiera representado un problema para él. Sin duda se habría quedado perplejo pensando por qué Dios le diría una cosa primero y enseguida lo opuesto.


Pero Abraham no pensó de esta manera. Él no era subjetivo. Para algunas personas es difícil ponerse en el altar, y una vez están allí, les es más difícil bajarse. Pasan años para decidir ponerse en el altar, y una vez que lo logran, insisten en permanecer allí hasta morir.


Alguien que es subjetivo actúa según su propia voluntad aun cuando esté tratando de obedecer a Dios. Incluso Dios mismo no puede detenerlo.


Una persona subjetiva es forzada a obedecer, y su obediencia muchas veces es el resultado de su esfuerzo propio. Nadie lo puede hacer desistir, no importa cuánto lo intenten. Puede ser que la voluntad y el mandamiento de Dios le dirijan a dar marcha atrás, pero él no puede hacerlo.


Es interesante notar que a menudo nuestra voluntad coincide con la voluntad de Dios, pero llega un momento en que la voluntad de Dios cambia. Si nuestra voluntad no cambia una vez que la de Él cambia, nos será difícil simplemente actuar conforme a Su palabra. Aquí radica nuestro mayor problema.


¿Sabe cómo un jinete doma un caballo? Un caballo salvaje rechazará a cualquier jinete que lo monte. Es realmente difícil domar un caballo. Para domarlo, un jinete entrenado tiene que saltar a su lomo y permitir que el caballo relinche y luche hasta que se canse. El jinete tiene que usar toda su destreza para permanecer montado en el caballo. Tiene que permitir que el caballo corra todo lo que quiera, tal vez por muchos kilómetros, o cientos de kilómetros. Una vez que el caballo se da cuenta que no puede quitarse a su amo de encima, cederá a su mando. Tales entrenadores de caballos pueden transformar a un caballo salvaje en uno dócil y educarlo para concursar.


El caballo podrá trotar alrededor de un pequeño círculo atado con una soga a un poste. Aprenderá a marchar tan bien que no se alejará tanto como para estirar la soga, ni se acercará tanto como para que la soga quede floja. Puede dar vueltas cientos de veces manteniendo siempre la misma distancia. El entrenador entrenará al caballo hasta que pueda maniobrar de esta manera. Cuando termina su entrenamiento, podrá dirigir al caballo a cualquier parte. Podrá pasar por un espacio estrecho o por una puerta ancha y siempre será obediente. Hermanos y hermanas, nosotros somos como caballos salvajes y es algo grandioso que el Señor nos entrene.


Él tiene que trabajar mucho con nosotros a fin de que podamos ser dóciles. Una vez que se doma a un caballo, éste ya no será subjetivo nunca más. Estará tan entrenado que tan pronto su jinete tire un poco de las riendas, sabrá si su amo quiere que corra o que trote. Irá de la manera que le indique su amo, no sólo una o diez veces alrededor del corral, sino aun cientos de veces.

Tomado del libro "El carácter del obrero de Dios" Watchman Nee

© Chalo Jiménez 2008. Derechos Reservados.

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lunes, 6 de abril de 2009

NO SER SUBJETIVOS

Escrito por: Watchman Nee


UNO


La subjetividad es otro defecto en el carácter de algunos hijos de Dios, especialmente de algunos obreros del Señor les impide hacer un buen trabajo.


¿Cuál es el significado de ser subjetivos? Ser subjetivos significa insistir en nuestras propias opiniones y rechazar otras opiniones. Significa tener una idea preconcebida antes de escuchar a otros y aferrarse a su propia idea aun después de haber escuchado a los demás. La subjetividad implica ser renuentes a aceptar otros puntos de vista o a ser corregidos.


Significa tener una opinión propia desde el comienzo y siempre insistir en dicha opinión. Una persona subjetiva hace su propio juicio antes de escuchar lo que le diga el Señor, antes de examinar los hechos y antes de que otros presenten sus opiniones. Insiste en su juicio aun después de escuchar al Señor, después que se presenten los hechos y después que otros hayan presentado su punto de vista del asunto. Este es el significado de ser subjetivos. La raíz que causa la subjetividad consiste en que su “YO” nunca ha sido quebrantado, y cuando esto no ocurre, se tiene un concepto inflexible de las cosas, y las opiniones difícilmente pueden ser desechadas y corregidas.


DOS


¿Cuáles son los problemas o pérdidas que acarrea la subjetividad? Si un hermano o hermana es subjetivo, no será capaz de escuchar a otros. Aprender a escuchar a otros nos libra de ser subjetivos. Para poder recibir la palabra de Dios y la de otros, primero tenemos que vaciar nuestro interior. Si somos subjetivos, nos será difícil abrirnos a los demás. Es esencial que todo obrero cristiano cultive la habilidad de escuchar lo que otros tienen que decir; primero tiene que conocer la situación de otros y entender sus problemas. Ya hemos dicho que un problema serio en los obreros de Dios es que no son capaces de escuchar a otros.


La razón principal por la que no saben escuchar a otros es la subjetividad. Una persona subjetiva está llena de muchas cosas, por lo que sus opiniones se convierten en un muro impenetrable y sus ideas son incambiables. Siempre está llena de sus propios argumentos y preocupaciones. Cuando un hermano o hermana acude a él para confiarle alguna frustración o alguna carga que les agobia, simplemente no es capaz de entenderlos, incluso si los oye por medio día. No sabe escuchar a otros. Este es un problema asociado con la subjetividad.


TRES


Otro efecto dañino de la subjetividad es la incapacidad para aprender. Una persona subjetiva confía mucho en sí misma y piensa que lo entiende todo a la perfección. Todo ya está decidido en su mente. Tiene una opinión incambiable acerca de cualquier cosa y cree estar segura de todo. Es difícil que pueda aprender algo. Al principio, cuando algunos jóvenes empiezan a servir en la obra, es más difícil enseñarles algo que darle medicina a un niño. Casi hay que forzarlos a aceptar otro punto de vista. Están llenos de ideas, propuestas y maneras de hacer las cosas. Creen que saben todo lo que se puede saber. Aunque no se atreven afirmar que son omniscientes, actúan como si lo fueran. Es más difícil enseñarles algo que darles a tomar una medicina amarga. ¿Cuánto tiempo puede sobrevivir un hombre si en cada comida hay que darle de comer con cucharita? Con algunos hermanos, lo único que podemos hacer es suspirar en nuestro corazón y decir: “Hermano, ¿cuánto podrá aprender del Señor una persona como tú?”.


El problema más grande de una persona subjetiva es su incapacidad para aprender. Solamente esto puede costarle mucho. Casi hay que pelear con ellos para que aprendan algo. Tal vez le derrotemos y pueda aprender un poco. Aun así en la siguiente ocasión en la que queramos enseñarle algo, tendremos que batallar nuevamente con ella. Esto es una gran frustración. Un requisito básico para el obrero del Señor es ser capaz de mantenerse objetivo; tiene que ser tan objetivo que pueda recibir ayuda de otros fácilmente. Hermanos y hermanas, nuestra ayuda viene de todas partes. Hay muchas cosas que tenemos que aprender. Supongamos que sólo aprendemos una lección cada mes o cada seis meses o cada año. ¿Cuánto vamos a vivir? ¿Cuántas cosas podríamos aprender a lo largo de nuestra vida? A una persona subjetiva le resulta más difícil aprender a medida que pasan los años.


Con el tiempo su subjetividad aumenta. Ciertamente, la subjetividad es un gran problema entre nosotros. Es cierto que el obrero de Dios debe ser estable; su camino debe ser recto y sin desviaciones. Sin embargo, si sus opiniones, su parecer y sus juicios son inflexibles, tendrá poca oportunidad de aprender las lecciones y su utilidad será muy limitada.


Por un lado, tenemos que ser estables y firmes delante del Señor; pero por otro lado, no debemos ser subjetivos. Los hijos de Dios deben aprender a no ser subjetivos; más bien, deben aprender a ser flexibles en el mover de Dios. De lo contrario, les será imposible aprender. Para saber si una persona es subjetiva o no, basta con ver si aprende rápida o lentamente, o si es incapaz de aprender. Podemos saber si una persona es subjetiva por la cantidad de lecciones espirituales que aprende y por cuán frecuentemente las aprende. Sin embargo, el mayor obstáculo para aprender es la subjetividad. La subjetividad afecta la capacidad de aprender de una persona e incluso puede impedirle que aprenda hasta el grado que no aprenda nada. El requisito básico para avanzar espiritualmente es estar abiertos a Dios. Nuestro corazón, mente y espíritu tienen que estar bien abiertos a Él, y esto significa que no somos subjetivos.


El significado principal de estar abiertos es el no ser subjetivos. Por supuesto, abrir nuestro espíritu a Dios es más profundo que simplemente no ser subjetivos. Pero la condición básica es no ser subjetivos. Nuestras puertas se cierran en el momento que actuamos subjetivamente. No ser subjetivos significa que somos sensibles a Dios, que podemos aprender y podemos recibir impresiones de Él. Para algunas personas es difícil recibir alguna impresión de parte de Dios. Dios tiene que usar una vara, un látigo o incluso un martillo para obligarlos a recibir algunas impresiones de Su parte. Debemos aprender a conocer la voluntad de Dios tan pronto Él nos dé una mirada. Muchos somos como caballos o mulas, que no entienden a menos que se les ponga freno y brida.


Este es el significado de ser subjetivos. Una persona subjetiva no puede captar ninguna señal de parte de Dios. Dios puede luchar con ella y conducirla a un callejón sin salida o a una puerta cerrada y, aun así, seguirá discutiendo con Dios. No puede calmarse y aprender la lección. Muchas personas no son lo suficientemente mansas y flexibles delante de Dios; son demasiado duras y necias. Llegan a ser piedras de tropiezo en la obra, porque no han aprendido sus lecciones ni han recibido el suplir suficiente del Señor durante toda su vida. Pueden convertirse en un problema y una pérdida para la obra.

Tomado del libro "El carácter del obrero de Dios" Watchman Nee
© Chalo Jiménez 2008. Derechos Reservados.

Prohibida su reproducción total o parcial sin la autorización del autor.

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