lunes, 15 de junio de 2009

RESISTAN AL DIABLO IV

Escrito por: Watchman Nee

Parte 3

2. Cómo vencer las acusaciones de Satanás.

En Apocalipsis 12:11 dice: “Y ellos [los creyentes] le han vencido por causa de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y despreciaron la vida de su alma hasta la muerte”.

Vencieron a Satanás, quien acusaba a los hermanos. ¿Cómo podemos vencer nosotros?

Primero, vencemos por la sangre del Cordero. Por un lado, cuando pecamos delante del Señor, debemos confesar nuestras transgresiones; por otra, podemos decirle a Satanás: “¡No necesitas acusarme! ¡Hoy me acerco al Señor por Su sangre!” Para vencer a Satanás, debemos proclamar ante él que fuimos perdonados por la sangre del Cordero. Todos nuestros pecados, grandes y pequeños, fueron perdonados por la sangre del Cordero.

La Palabra de Dios dice: “La sangre de Jesús Su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7)

Debemos darnos cuenta de que la sangre del Cordero es la base tanto de nuestro perdón ante Dios como de nuestra aceptación en El. No debemos tener el atrevimiento de creernos buenos, pero tampoco debemos cometer la necedad de condenarnos mañana y tarde. Es tan insensato envanecerse como encerrarse en uno mismo. Todos los que se consideran buenos, son necios; y también lo son quienes no ven el poder salvador del Señor. Son tan insensatos quienes creen en su propio poder como los que no creen en el poder del Señor. Necesitamos comprender que la sangre del Cordero satisfizo todo lo que Dios exigía y venció todas las acusaciones de Satanás.

Segundo, vencemos por la palabra de nuestro testimonio, la cual declara los hechos espirituales y la victoria del Señor. Debemos decirle a Satanás: “¡No me molestes! ¡La sangre del Señor ya borró mis pecados!” Necesitamos ejercer nuestra fe y declarar que Jesús es el Señor y que El ganó la victoria; necesitamos expresar la palabra de nuestro testimonio y hacer que Satanás oiga esta palabra. No solamente debemos creer con el corazón, sino que también debemos declararlo verbalmente a Satanás. Esta es la palabra de nuestro testimonio.

Tercero, debemos menospreciar la vida de nuestra alma hasta la muerte. “La sangre del Cordero” y “la palabra del testimonio de ellos” son dos condiciones necesarias para vencer a Satanás. Menospreciar la vida del alma hasta la muerte no es más que una actitud frente a la misma. No importa lo que Satanás haga, aun si trata de matarnos, debemos seguir confiando en la sangre del Cordero y declarar Su victoria. Si perseveramos en esta actitud, la acusación de Satanás cesará, y él no nos podrá vencer. Por el contrario, ¡nosotros lo venceremos a él! Algunos hermanos y hermanas se abren tanto a las acusaciones de Satanás que dejan de discernir si el sentir interior es una acusación de Satanás o una amonestación del Espíritu Santo.

Ellos deben dejar de confesar sus pecados por un tiempo. El Señor no desea que actuemos insensatamente. En vez de eso, deben orar al Señor y decir: “Si he pecado, confieso que lo he hecho y te pido que me perdones. Pero ahora Satanás me acusa. Oro a Ti pidiéndote que quites todos mis pecados. Desde este momento, todo está cubierto por Tu sangre y no dejaré que nada me perturbe”. Quienes se hallan en tal condición deben hacerlo todo a un lado, temporalmente, para poder identificar claramente entre la acusación de Satanás y la corrección del Espíritu Santo.

3. Cómo ayudar a quienes están oprimidos por la acusación de Satanás.

Nunca debemos agregar más cargas a la conciencia de aquellos que están oprimidos por las acusaciones de Satanás. En primer lugar, debemos ayudarles a hacer solamente lo que ellos puedan. Si les pedimos que vayan más allá de su límite, se sentirán aún más condenados. Debemos ayudarles a obtener fortaleza ante el Señor para seguir adelante, antes de exhortarlos o de instarles a avanzar.

En segundo lugar, cuando veamos claramente la obra del Espíritu Santo, debemos elevar la norma un poco, ya que al actuar el Espíritu del Señor y el espíritu de avivamiento, la palabra del Señor tiene el poder de aumentar la capacidad de la persona. Si elevamos la norma sin que actúe el Espíritu del Señor, no estamos ayudando a las persona que se sienten condenadas; por el contrario, le estamos dando la oportunidad a Satanás de acusarlos aun más.

No debemos ser imprudentes señalando las faltas de las personas. Supongamos que un hermano ha caído en cierta área, pero todavía puede orar, leer la Biblia y asistir a las reuniones. Si usted está seguro de que puede ayudarlo, un pequeño impulso será suficiente para que sobrepase el problema. Pero si usted no tiene la certeza ni la capacidad de levantarlo, cuando le saque a colación las faltas, lo único que logrará será desanimarlo de que siga orando, leyendo la Biblia y reuniéndose. No debemos apagar el pabilo humeante, sino volverlo a encender, y no debemos quebrar la caña cascada, sino sostenerla. No debemos ponernos como ejemplo haciendo así que la conciencia de otros se sienta acusada. Debemos aprender a actuar sin ofender la conciencia de los demás.

A aquellos que están bajo la acusación de Satanás debemos mostrarles:

Hebreos 10:22: “Purificados los corazones de mala conciencia con la aspersión de la sangre”.

Al rociar la sangre, nuestra conciencia debe dejar de sentirse culpable. La vida cristiana debe mantenerse libre de toda condenación en la conciencia. Cuando un cristiano percibe que su conciencia lo reprende, se siente débil ante Dios y perderá fuerza en todos los asuntos espirituales.

La meta de Satanás es desviarnos de este principio y con ese fin nos acusa incesantemente. Necesitamos aferrarnos a este principio aplicando la sangre. Cuanto más trate Satanás de hacernos sentir culpables, más debemos aplicar la sangre a todos nuestros pecados. Los creyentes lo vencieron, no por su propia fuerza, sino por la sangre del Cordero. Debemos declarar: “Satanás, reconozco que he pecado. Pero el Señor me redimió. No niego que sea un deudor. Sí soy un deudor, pero el Señor pagó mi deuda”. No tratemos de contrarrestar la acusación de Satanás negando que seamos deudores, pues podemos derrotarlo declarando que nuestra deuda ya se pagó.

©Chalo Jimenez- BUSCANDO A DIOS -2009. Derechos Reservados.
Prohibida su reproducción total o parcial sin la autorización del autor
Imprimir

viernes, 12 de junio de 2009

RESISTAN AL DIABLO III

Escrito por: Watchman Nee

El problema radica en que Satanás no desea que se descubra que él ha causado cierta enfermedad. El se esconde detrás de síntomas conocidos, y nos hace creer que toda enfermedad es el resultado de causas naturales. Si le permitimos esconderse detrás de síntomas que consideramos naturales, la enfermedad no se irá. Una vez que ponemos en evidencia la actividad de Satanás y lo reprendemos, la enfermedad se va. Un hermano tenía una fiebre muy alta y un terrible malestar. No podía dormir y no entendía qué le sucedía. Cuando comprendió que aquello era obra de Satanás, oró al Señor por ese asunto, y al día siguiente ya no tenía fiebre.

Cuando un cristiano se enferma, debe determinar primero la causa de su enfermedad. Debe preguntar: ¿Existe alguna causa válida para que yo tenga esta enfermedad? ¿Se debe a causas naturales, o es un ataque de Satanás? Si no hay una razón justificable y usted descubre que de hecho es un ataque de Satanás, debe rechazarla.

La acción de Satanás en el cuerpo del hombre no solamente produce enfermedad, sino también muerte. Satanás ha sido homicida y mentiroso desde el principio (Juan 8:44). No solamente debemos resistir la enfermedad que nos viene de Satanás, sino también sus acciones homicidas. Toda noción de muerte como escape de cualquier cosa es idea de Satanás. Satanás indujo a Job a pensar en la muerte. El no solamente hizo esto con Job, sino que también trató de hacerlo con todos los hijos de Dios. Toda noción de suicidio, deseo de morirse y o de partir prematuramente son tentaciones de Satanás. El instiga al hombre a pecar y también a buscar la muerte. Inclusive el temor del peligro cuando uno está viajando, es un ataque de Satanás. Debemos rechazar estos pensamientos y no permitir que permanezcan en nosotros.

C. Satanás actúa en la conciencia del hombre.

Leemos en Apocalipsis 12:10: “Ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche”.

Esto nos muestra que parte de la obra de Satanás es acusarnos, lo cual lleva a cabo en la conciencia del hombre. Tan pronto como una persona es salva, su conciencia es avivada y empieza a reconocer el pecado. Satanás sabe esto; sabe que el Espíritu Santo toca la conciencia de los hijos de Dios y los hace conscientes del pecado. También sabe que el Espíritu Santo los guía a confesar y a pedir perdón ante Dios. En consecuencia, se anticipa a imitar la obra del Espíritu santo y genera acusaciones en la conciencia del hombre. Este ataque es bastante común entre los hijos de Dios y causa muchos estragos.

Muchos hijos de Dios no pueden diferenciar entre la desaprobación del Espíritu Santo y la acusación de Satanás. Como resultado, vacilan antes de resistirse. Esto le concede a Satanás más terreno para acusarnos. Muchos hijos de Dios pudieron haber sido de gran utilidad en las manos de Dios, pero sus conciencias se debilitaron grandemente por el ataque de Satanás. Ellos son constantemente bombardeados con las acusaciones y el sentir de haber pecado. No se atreven a estar en pie ante Dios ni ante los hombres. Como resultado quedan incapacitados espiritualmente por el resto de sus vidas.

Es cierto que debemos prestar atención a la reprensión del Espíritu Santo, pero también debemos rechazar la acusación de Satanás. Notemos la diferencia que existe entre la desaprobación del Espíritu Santo y la acusación de Satanás. En muchas ocasiones lo que consideramos una reprensión de nuestra conciencia es una imitación, pues en realidad es una acusación de Satanás.

1. La diferencia entre la acusación de Satanás y la reprensión del Espíritu Santo

¿Cuál es la diferencia entre la acusación de Satanás y la reprensión del Espíritu Santo?

En primer lugar, toda desaprobación que el Espíritu Santo pone en nosotros, comienza con una leve percepción, que se va intensificando y nos muestra nuestros errores. Por su parte, la acusación de Satanás es una sensación interior continua y agobiante. La amonestación del Espíritu Santo crece paulatinamente; pero las acusaciones de Satanás son las mismas de principio a fin. Con el paso del tiempo, la indicación del Espíritu aumenta gradualmente, pero la acusación de Satanás es un constante e invariable remordimiento.

En segundo lugar, cuando atendemos a la reprensión del Espíritu, el poder del pecado disminuye en nosotros. Toda reprensión del Espíritu Santo debilita el poder del pecado y el pecado mismo. No sucede lo mismo cuando Satanás nos acusa, pues cuando lo hace, vemos que el poder del pecado es mucho mayor que antes.

En tercer lugar, la amonestación del Espíritu Santo nos conduce al Señor, mientras que la acusación de Satanás nos desanima. Cuanto más nos corrige el Espíritu Santo, más fortalecidos somos interiormente para afrontar nuestro problema ante el Señor. Pero las acusaciones de Satanás nos llevan a la desesperación o a la resignación. La desaprobación del Espíritu Santo hace que acudamos al Señor y dependamos de El; la acusación de Satanás hace que nos centremos en nosotros mismos y nos desanimemos.

En cuarto lugar, si el Espíritu Santo nos corrige, confesaremos el pecado al Señor, lo cual si no nos trae gozo, por lo menos nos traerá paz. Tal vez surja el gozo, o tal vez no, pero siempre habrá paz. Sin embargo, la acusación de Satanás es totalmente diferente. No hay ni gozo ni paz, ni siquiera después de confesar los pecados. Esto es como acabar de pasar por una enfermedad grave o después de ver un drama; cuando ha pasa todo, no queda nada. La amonestación del Espíritu Santo produce gozo, o por lo menos paz; pero la acusación de Satanás no conduce a nada.

Quinto, la desaprobación del Espíritu Santo nos trae a la memoria la sangre del Señor, pero la acusación de Satanás siempre trae consigo el pensamiento: “La sangre de nada te sirve; el Señor no te perdonará”. Este pensamiento estará presente aun cuando sepamos que la sangre de Cristo está disponible. En otras palabras, la corrección del Espíritu Santo nos guía a creer en la sangre del Señor, mientras que la acusación de Satanás hace que perdamos la fe en la sangre del Señor.

Cuando llega cierto sentimiento, simplemente examine si recuerda la sangre del Señor o si la menosprecia. Esto nos indicará si el sentimiento es una amonestación del Espíritu Santo o una acusación de Satanás.

Sexto, la corrección del Espíritu Santo es poder de Dios; lo levanta a uno y lo hace avanzar más rápidamente. Así uno seguirá con celo renovado, hará a un lado su confianza en sí mismo y tendrá más fe en Dios. Sin embargo, la acusación de Satanás debilita la conciencia, y ésta queda herida ante Dios. No tienen fe en sí mismos, ni tienen fe en Dios. Si bien es cierto que la amonestación del Espíritu Santo nos debilita a nosotros y nuestra confianza en nosotros mismos, también es cierto que nos infunde más fe en el Señor. No sucede lo mismo cuando Satanás nos acusa, pues además de dejar de confiar en nosotros, hace que perdamos la fe en el Señor. Como resultado nos volvemos débiles.

©Chalo Jimenez- BUSCANDO A DIOS -2009. Derechos Reservados.
Prohibida su reproducción total o parcial sin la autorización del autor
Imprimir

jueves, 11 de junio de 2009

RESISTAN AL DIABLO II

Escrito por: Watchman Nee

Por el lado positivo, necesitamos ejercitar nuestra mente. Muchas personas tienen una mente perezosa. Esto facilita la entrada de Satanás.

Leemos en Filipenses 4:8: “Todo lo que es verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si alguna alabanza, a esto estad atentos”.

Debemos estar atentos ejercitando nuestra mente con relación a lo espiritual. Si una persona siempre pone su mente en cosas pecaminosas, Satanás le puede inyectar pensamientos fácilmente, pues no piensa muy diferente a Satanás. Pero si constantemente ponemos nuestra mente en cosas espirituales, Satanás no podrá sembrar sus pensamientos en nosotros fácilmente. El puede inyectar sus ideas en las personas pasivas, porque tienen demasiado tiempo disponible o porque sus pensamientos no están claros.

Otro aspecto que merece atención es que nuestra mente no debe ser atraída por pensamientos satánicos, como les sucede a muchas personas. No tienen interés en las maravillosas experiencias espirituales de otros hermanos, pero se interesan mucho cuando se trata de esparcir chismes. Puesto que se complacen en las obras de Satanás, no pueden rechazar los pensamientos satánicos. Todos los pensamientos sucios que entorpecen nuestra comunión con el Señor y debilitan nuestro amor a El, vienen de Satanás.

En primer lugar, no contemplaríamos tales pensamientos si no nos atrajesen. Si inclinamos nuestro corazón a estas cosas, fácilmente penetrarán en nosotros. Por tanto, debemos aprender a rechazar todo lo que venga de Satanás.

Prestemos especial atención en rechazar todo pensamiento sucio. Satanás siempre pone pensamientos sucios en el hombre para inducirlo a pecar. El punto de partida es un pensamiento sucio. Si permitimos que cobre fuerza, dará como fruto el pecado. Por eso, debemos rechazar todo pensamiento que venga de Satanás.

Sin embargo, se presenta un gran problema: ¿qué podemos hacer si el pensamiento no se va después que lo hemos rechazado? Solamente necesitamos resistir una vez esos pensamientos indeseables. Uno resiste una sola vez; nunca debemos resistir dos veces.

Leemos en Jacobo 4:7: “Resistid al diablo, y huirá de vosotros”.

Debemos creer que cuando resistimos al diablo, él huye. Es incorrecto continuar resistiendo por temor a que el diablo todavía ande alrededor. ¿A quién hemos de creer? La Biblia dice que resistamos y que él huirá. Si una voz interna nos insinúa que él no ha huido, ¡esa debe ser la voz de Satanás! Muchas personas prefieren creerle a Satanás y, por consiguiente, son derrotadas. Cuando hemos resistido al diablo, debemos declarar: “Ya resistí al diablo; ya se fue”.

La duda de que él todavía esté rondando es una mentira y no procede del Señor. El diablo tiene que huir. No tiene motivo alguno para quedarse. Entendamos claramente que debemos resistir una sola vez y que no necesitamos resistir una segunda vez. Resistir la primera vez glorifica el nombre de Dios; resistir una segunda vez pone en duda la Palabra de Dios.

Mucha gente comete el error de usar sus sentimientos para verificar si el diablo huyó. Ellos se preguntan: “¿Ya se fue el diablo?” Cuando sus sentimientos les dicen que no se ha ido, ellos tratan de resistirlo de nuevo. Si uno resiste una segunda vez, indudablemente lo hará por tercera vez, cuarta, centésima y una milésima vez. A ese paso terminaremos sintiéndonos completamente impotentes para rechazarlo. Pero si después de haber resistido la tentación una vez, no le hacemos el más mínimo caso al asunto, experimentaremos la victoria.

Debemos prestar atención al hecho que consta en la Palabra de Dios y desentendernos de nuestra propia percepción. El hecho radica en que tan pronto resistimos al diablo, él huirá. Si no creemos que él ha huido después de haberlo resistido, nuestra percepción nos está engañando. Si creemos a esta percepción, el diablo regresará. Debemos aprender a creer en las gloriosas palabras de Dios. Una vez que hayamos resistido al diablo la primera vez, no necesitamos hacerlo de nuevo, porque el asunto ya está resuelto.

Esto es lo que Satanás hace en la mente del hombre. Debemos darnos cuenta de que él ataca la mente del hombre. Tenemos que rechazar todo pensamiento que venga de Satanás y, al mismo tiempo, debemos tener presente que una vez que rechazamos sus insinuaciones, el asunto termina. No debemos preocuparnos excesivamente por sus ataques, porque si lo hacemos, nuestra mente se confundirá, y habremos caído en la trampa que el diablo nos tiende.

Parte 2

B. Satanás actúa en el cuerpo del hombre. La Biblia nos muestra claramente que muchas enfermedades físicas son el resultado del ataque de Satanás.

La fiebre que tenía la suegra de Pedro era un ataque de Satanás, y el Señor Jesús reprendió aquella fiebre (Lc. 4:39). Sólo se reprenden entes que tienen personalidad. No podemos reprender a una taza o a una silla. La fiebre es un síntoma, pero el Señor no reprendió el síntoma, sino a Satanás, quien era la causa. Por eso, tan pronto como el Señor reprendió la fiebre, ésta desapareció.

En Marcos 9 vemos el caso de un niño sordomudo. A los ojos del hombre la sordera y la mudez son enfermedades. Pero el Señor Jesús reprendió al espíritu inmundo, diciendo: “Espíritu mudo y sordo, Yo te mando, sal de él, y no entres más en él” (v. 25). La mudez y la sordera del niño eran los síntomas externos de una posesión demoníaca; no eran enfermedades ordinarias. Muchas enfermedades son definidas médicamente, pero hay muchas que son ataques del diablo. La Biblia no dice que el Señor curó la enfermedad, sino que la reprendió. Las llagas que aparecieron en el cuerpo de Job no podían ser sanadas con la medicina, pues no era una enfermedad causada por agentes físicos; era un ataque del diablo. Si uno no combate primero al diablo, no podrá eliminar una enfermedad como éstas.

Reconocemos que en muchas ocasiones las enfermedades se producen cuando se descuidan las leyes naturales. No obstante, en muchos casos, son producto de los ataques de Satanás. En tal caso, necesitamos pedirle al Señor que reprenda la enfermedad, y ésta se irá. Este tipo de enfermedad viene de repente y se va de la misma manera. Es un ataque de Satanás, no una enfermedad común.

©Chalo Jimenez- BUSCANDO A DIOS -2009. Derechos Reservados.
Prohibida su reproducción total o parcial sin la autorización del autor
Imprimir

martes, 9 de junio de 2009

RESISTAN AL DIABLO

Escrito por: Watchman Nee

Parte 1: Lectura bíblica: Santiago 4:7; 1 Pedro 5:8-9; 2 Corintios 2:11

Al diablo se le conoce también como Satanás (Ap. 12:9). Dios lo había creado como un querubín (Ez. 28:12-14) y un arcángel (Ap. 12:7; Mt. 25:41). Pero un día se rebeló contra Dios queriendo elevarse al nivel de El. Por lo cual, Dios lo juzgó (Is. 14:12-15; Ez. 28:15-19) y como resultado llegó a ser Satanás, el adversario de Dios. En el texto original Satanás significa “oponente u adversario”. El diablo se opone a todo lo que Dios hace y siempre está en contra de los hijos de Dios.

Examinemos la forma en que el diablo ataca a los hijos de Dios, y cómo ellos lo resisten.

I. LA OBRA DE SATANAS

Veamos cuatro aspectos de la obra que realiza Satanás.

A. Satanás actúa en la mente del hombre.

2 Corintios 10:4-5 dice: “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas ante Dios para derribar fortalezas; al derribar argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y al llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”.

Esto nos muestra que las fortalezas de Satanás se componen de lo que es elevado, y desde ellas rodea la mente del hombre. Para que el Señor pueda ganar terreno en nosotros, tiene que derribar las fortalezas de Satanás, pues así combate los pensamientos del hombre y los lleva cautivos.

1. Los argumentos y las tentaciones de Satanás

¿Qué son los argumentos? La palabra griega correspondiente puede traducirse “imaginación” o “pensamiento”. Muchas veces Satanás nos asedia con imaginaciones.

Los hombres son insensatos; piensan que éstas son sus propias ideas, cuando en realidad son fortalezas de Satanás que impiden que la mente se someta a Cristo. Muchas veces Satanás siembra cierta idea en nuestra mente. Si creemos que ese pensamiento procede de nosotros mismos, caemos en la trampa.

Frecuentemente surgen pensamientos sin motivo alguno; sencillamente son imaginaciones. Muchos de los que llamamos “pecados” son imaginarios; no son reales. La mayoría de los conflictos que surgen entre los hermanos y las hermanas, proceden de nuestra imaginación; son completamente infundados. En muchas ocasiones Satanás pone un pensamiento absurdo en nuestra mente, y nosotros ni cuenta nos damos de su obra. Cuando él pone una idea en nuestra mente, y nosotros la aceptamos, accedemos a su obra. Si rechazamos la idea, rechazamos su obra. Muchos pensamientos no son nuestros, sino que están conectados con Satanás. Debemos aprender a rechazar tales pensamientos.

Casi todas las tentaciones de Satanás empiezan por la mente. El ve que los hijos de Dios se levantarán y lo resistirán vehementemente si los ataca abiertamente. Esta es la razón por la cual nos tienta solapadamente, poniendo pensamientos en nuestra mente sin que lo advirtamos. Una vez que dicho pensamiento entra en nosotros, comienza a dar vueltas en nuestra mente. Si al acariciar un pensamiento, más nos parece que tenemos la razón en cuanto a la acción sugerida, hemos caído en la red. El pensamiento que hemos aceptado es la tentación de Satanás. Si rechazamos el ataque de Satanás en nuestra mente, cerraremos la entrada más vulnerable que tenemos a sus tentaciones.

Gran parte de las desavenencias que se presentan entre los hijos de Dios radican en la mente; no son verdaderos problemas. Algunas veces cuando uno ve a un hermano, siente que él tiene algo contra uno, o que hay cierto distanciamiento. Esto puede convertirse en una barrera, cuando en realidad no sucede nada. Dicho “problema” no es otra cosa que el ataque de Satanás en la mente de uno, o en la mente de un hermano o hermana. Tales problemas son innecesarios. Los hijos de Dios deben rechazar esos pensamientos y sentimientos repentinos. Deben aprender a no ceder frente a Satanás.

Quisiéramos hacer una advertencia. No debemos preocuparnos demasiado por los pensamientos generados por Satanás. Hay personas que se van al extremo de no prestar atención a ningún pensamiento que venga de Satanás; pero hay otras que se van al otro extremo de dedicar demasiada atención a los mismos. Una persona puede ser fácilmente engañada si no está alerta en cuanto a los pensamientos que vienen de Satanás; y al mismo tiempo, puede perder la razón si se obsesiona con ellos.

Si una persona pone mucha atención a las tentaciones de Satanás, su mente se llenará de confusión, y será presa fácil de Satanás. En el momento en que una persona aparta sus ojos del Señor, se hallará en problemas. Por una parte, necesitamos ver que Satanás ataca nuestra mente; por otra, debemos comprender que tan pronto rechazamos sus ataques, éstos se acaban. Si una persona tiene que rechazar a Satanás día y noche, su mente no está bien, y va por mal rumbo. Por una parte, debemos conocer los ardides de Satanás, porque si los ignoramos, seremos engañados; por otra, no debemos preocuparnos demasiado al respecto, porque eso también nos conduce al engaño.

En el instante en que ponemos nuestros ojos en Satanás, él obtiene lo que desea. Esta distracción nos inutilizará, y nos obsesionaremos con sus pensamientos día y noche. Cualquier hermano que se ocupa demasiado en tales pensamientos ya ha sido engañado. Debemos aprender a ser equilibrados. No es correcto preocuparse excesivamente. Si la mente de una persona está ocupada constantemente con los pensamientos de Satanás, en realidad está cediendo terreno a Satanás. Nunca debemos irnos a los extremos.

2. Cómo rechazar los pensamientos de Satanás

¿Cómo podemos rechazar los pensamientos que vienen de Satanás? Es fácil. Dios nos dio la mente; así que no es de Satanás. Solamente nosotros tenemos derecho a usarla; Satanás no tiene potestad sobre nuestra mente. Lo único que debemos hacer es no permitirle pensar por nosotros. Satanás sólo puede usurpar nuestra mente con engaños. Nos pondrá un pensamiento, y nosotros pensaremos que proviene de nosotros, cuando en realidad viene de Satanás. Cuando descubrimos que aquella idea no es nuestra, vencemos.

Satanás siempre tienta y ataca a la persona de una manera subrepticia y cubierta. El no se anuncia a voces diciendo: “¡Aquí vengo!” En lugar de eso, nos engaña con mentiras y falsedades. El no nos deja ver que es él quien está detrás de cierta acción. Una vez que estamos conscientes del ataque de Satanás y lo ponemos en evidencia junto con sus disfraces, es fácil resistirlo.

El Señor Jesús dijo: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). Los hechos son verídicos. Una vez que conozcamos los hechos, seremos libres. El poder de Satanás está en sus mentiras; una vez que éstas fallan, su poder se desvanece. Por consiguiente, cuando vemos el hecho de que Satanás nos está atacando, somos libres. Algunos hijos de Dios afirman que Satanás es el instigador que yace detrás de todos los ataques, pero no tienen la certeza en sus espíritus de que los ataques provengan en realidad de Satanás. Aunque dicen resistir a Satanás, desconocen la realidad de la obra que él realiza y, como resultado, no pueden resistirlo. Sin embargo, en cuanto identifican la actividad de Satanás, lo pueden resistir, y tan pronto lo resisten, él huye.

Satanás ataca nuestra mente principalmente por medio de engaños. El nos hace creer que sus pensamientos son nuestros, cuando en realidad son suyos. Cuando sacamos a la luz sus mentiras, rechazamos el pensamiento que viene de él. Resistir significa rechazar. Cuando Satanás nos ofrece un pensamiento, debemos decir: “No lo quiero”. Esto es lo que significa resistir.

Cuando trata de sembrar otra idea en nosotros, debemos decir: “No la acepto”. Y si trae otra, debemos repetir: “No la acepto”. Si hacemos esto, él no podrá hacernos nada. Un siervo del Señor que vivió en la Edad Media dijo: “Uno no puede evitar que los pájaros vuelen sobre su cabeza, pero si puede impedir que hagan nido en sus cabellos”. Tiene toda la razón. No podemos evitar que Satanás nos tiente, pero sí podemos impedir que anide y gane terreno en nosotros. Nosotros tenemos tal potestad. Si no prestamos atención a los pensamientos que entran en nuestra mente, ellos cesarán.

©Chalo Jimenez- BUSCANDO A DIOS -2009. Derechos Reservados.
Prohibida su reproducción total o parcial sin la autorización del autor
Imprimir

jueves, 4 de junio de 2009

EL CAMINO DE LA SALVACION: LA FE

Escrito por: Watchman Nee

LA OBRA SALVADORA DE DIOS LLEGA A TODOS MEDIANTE LA FE

Según la Biblia solamente existe una condición para la salvación, a saber, la fe. ¿Por qué pone la Biblia tanto énfasis en la fe? En esta ocasión veremos por qué la fe tiene que ser el camino de la salvación. Sin embargo, primero debemos hacer una pregunta: ¿Es la salvación obra del hombre u obra de Dios? ¿Es el plan del hombre o es el plan de Dios? ¿Se origina en el hombre o en Dios?

Los que no conocen a Dios, no conocen la salvación. Solamente aquellos que conocen a Dios conocen la salvación que Dios da. Los que conocen a Dios tienen que admitir que es Dios quien ha iniciado la salvación. Es Dios quien la ha planeado y es Dios quien ha llevado a cabo este plan. Como mencionamos antes, todo es llevado a cabo por Dios. Por nuestra parte no tenemos que hacer nada más que creer. ¿Por qué tenemos que creer? Porque la redención es llevada a cabo por Cristo. Dios quiere hacer que el método de la salvación sea tan simple que todos puedan obtenerla. Por eso El solamente requiere la fe.

En Estados Unidos hubo un predicador famoso a quien llamaban el doctor Jowett. El tenía un colaborador llamado Barry. El señor Barry era pastor de una iglesia; sin embargo, todavía no había sido salvo.

Una noche alguien tocó el timbre de su iglesia. Después de esperar un buen rato, el señor Barry de mala gana se puso su bata y fue a ver quién era. En la puerta estaba una muchacha joven y mal vestida. Cuando él le preguntó sin rodeos qué quería, la muchacha inquirió: “¿Es usted el pastor?” Cuando él contestó que sí era, la muchacha dijo: “Necesito que me ayuden a traer a mi mamá”. El pensó que una muchacha vestida así debía tener un hogar terrible. El pensó que quizás su mamá estaba ebria y necesitaba ayuda para meterla a su casa. El le dijo a la muchacha que llamara a la policía; no obstante, la muchacha insistió en que fuera él. El hizo todo lo posible por disuadirla y le dijo que fuera a ver al pastor de la iglesia que estuviera más cerca de su casa. Sin embargo, la muchacha dijo: “Su iglesia es la más cercana”. Luego él dijo: “Es muy tarde ahora, vuelva mañana”. Pero ella insistió que fuera inmediatamente. El señor Barry lo pensó por un momento. El era pastor de una iglesia que tenía más de mil doscientos miembros. Si alguno de ellos lo miraba caminando con esta joven, vestida de esa manera, a media noche, ¿qué pensarían? Pero la muchacha insistió y dijo que si él no iba, ella no se iría de allí.

Finalmente él cedió y subió a cambiarse. Después, el señor Barry le contó al doctor Jowett que cuando iban a la casa de la muchacha bajó un poco el ala del sombrero para cubrir su cara y se cubrió con su abrigo por temor a que otros lo vieran. El lugar a donde fueron no era una área muy bonita. Cuando se detuvieron ante la casa en donde iban a entrar, vio él que no era un lugar decente. Luego le preguntó a la muchacha: “¿Por qué me hizo venir a este lugar?” La muchacha contestó: “Mi mamá está muy enferma. Está en un peligro terrible. Ella me dijo que quiere entrar al reino de Dios. Por favor ayúdela a entrar”.

El señor Barry no tuvo más remedio que entrar en la casa. La muchacha y su madre vivían en un cuarto muy pequeño y sucio. Su hogar era muy pobre. Cuando la mujer enferma lo vio llegar, ella gritó: “Por favor ayúdeme a entrar. No puedo entrar”. El pensó por un momento y se preguntó qué debía hacer. El era un pastor y un predicador y allí estaba una mujer en agonía. Ella quería entrar en el reino de Dios; ella quería saber cómo entrar. ¿Qué podía hacer él? El no sabía qué hacer. Así que, le habló en la manera en que le hablaba a la congregación. Comenzó a decirle que Jesús era un hombre perfecto, que era nuestro modelo, que se sacrificó, que mostró benevolencia y que Jesús siempre ayudaba a la gente. Le dijo que si el hombre seguía Sus pasos y se sacrificaba, amaba y ayudaba a otros y servía a la sociedad, ellos elevarían su humanidad y la humanidad de otros. El señor Barry estaba hablando con ella con sus ojos cerrados. Cuando terminó ella se enojó y gritó: “¡No, no! Esto no es lo que quiero que diga”. Se le salieron las lágrimas. Ella dijo: “Señor Barry, ésta es mi última noche sobre la tierra. Ahora es el momento de aclarar el asunto de la perdición eterna o la entrada en el reino de Dios. Esta es mi última oportunidad. No trate de engañarme, no bromee. He pecado durante toda mi vida. Y no sólo he pecado, sino que también he enseñado a mi hija a pecar.

Ahora estoy a punto de morir. ¿Qué puedo hacer? No bromee conmigo. Durante toda mi vida lo único que he hecho ha sido pecar. Todo lo que hice fue inmundo. Nunca supe lo que significa ser moral. Nunca supe lo que era ser limpia. Nunca supe lo que era tener una conciencia. ¡Ahora, usted le dice a una pecadora como yo, en la condición en que me encuentro en esta noche, que tome a Jesús como mi modelo! ¡Tendría que laborar mucho antes de que pudiera tomar a Jesús como mi modelo! Usted me dijo que tengo que seguir los pasos de Jesús.

Sin embargo, ¡cuánto tendría que hacer antes de poder seguir Sus pasos! No dé rodeos en esta hora tan crucial para mi eternidad. Simplemente dígame cómo puedo entrar en el reino de Dios. Lo que me ha dicho no me sirve. No puedo hacer ninguna de esas cosas”. El señor Barry se sorprendió. El pensó para sus adentros: “Estas son las cosas que yo aprendí en la escuela de teología. Las estudié para obtener mi doctorado en teología. Las he estado predicando en los últimos diecisiete o dieciocho años. Y estas son las cosas que he leído en la Biblia. Sin embargo, esta noche hay una mujer que quiere entrar en el reino, y no puedo ayudarla”.

Así que, él dijo: “La verdad es que no sé cómo entrar. Sólo sé que Jesús fue un buen hombre, que tenemos que imitarlo, que El fue benevolente y que se sacrificó para ayudar a otros. Todo lo que sé es que si un hombre toma a Jesús como su ejemplo y anda como El anduvo, él será un cristiano”. Llorando la mujer dijo: “¿No puede usted hacer nada por una mujer que ha sido pecaminosa toda su vida, para ayudarla a entrar en el reino de Dios en el último momento? ¿Es eso todo lo que usted puede hacer para ayudar a una mujer moribunda a entrar en el reino de Dios, una mujer que no tendrá un mañana ni una segunda oportunidad?” El señor Barry quedó desconcertado y no tuvo más que decir. El pensó: “Soy un siervo de Cristo. Soy doctor en teología. Soy un pastor de una iglesia de mil doscientas personas. Sin embargo, aquí está una mujer en su lecho de muerte y no puedo hacer nada para ayudarla. Ella hasta piensa que no la estoy tomando en serio”.

Sin embargo, luego el señor Barry recordó algo que había oído de su madre cuando se sentaba en su regazo a los siete años de edad. Ella le dijo que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, que El fue crucificado y que El derramó Su sangre para limpiar nuestros pecados. Jesús de Nazaret murió por nuestros pecados en la cruz y ha llegado a ser el sacrificio propiciatorio. Entonces, él recordó estas palabras. Durante toda su vida él no había tomado en cuenta estas palabras, pero ese día las recordó.

Luego, se levantó y dijo: “Sí, tengo algo que decirle. Usted no tiene que hacer nada ya que Dios ha hecho todo en Su Hijo. El ha tratado con nuestros pecados en Su Hijo. El Hijo de Dios ha quitado todos nuestros pecados. El que exige el pago, es el mismo que lo paga. El que fue ofendido, llegó a ser el que sufrió por la ofensa. El Juez ha llegado a ser el juzgado”. Al decir esto, el rostro de la mujer mostró señales de gozo. El le dijo todo lo que su madre le había dicho. Luego, repentinamente el rostro de la mujer cambió de gozo a llanto y gritó: “¿Por qué no me dijo usted esto antes? ¿Qué debo hacer ahora?” Luego él le dijo que ella solamente necesitaba creer y recibir. En ese momento la mujer murió. Más tarde el señor Barry le dijo al doctor Jowett que en esa noche la mujer entró en el reino y él también.

©Chalo Jimenez- BUSCANDO A DIOS -2009. Derechos Reservados.
Prohibida su reproducción total o parcial sin la autorización del autor
Imprimir

miércoles, 3 de junio de 2009

BATALLA MENTAL

Escrito por: Dr. Neil T. Anderson

Como Ganar La Batalla por Nuestra Mente

Primero: Que "…sean transformados mediante la renovación de su mente" Romanos 12: 2. ¿Cómo renuevas tu mente? Llenándola de la Palabra de Dios. Para ganar la batalla por tu mente debes permitir "Que gobierne en sus corazones la paz de Cristo, a la cual fueron llamados en un solo cuerpo. Y sean agradecidos" Colosenses 3:15 y "Que habite en ustedes la palabra de Cristo con toda su riqueza: instrúyanse y aconséjense unos a otros con toda sabiduría; canten salmos, himnos y canciones espirituales a Dios, con gratitud de corazón." Colosenses 3:16. A medida que llenes tu mente con la verdad de Dios, estarás preparándote para reconocer la mentira y llevarla cautiva.

Piensa que tu mente es como una taza llena de café. Debido a lo que pusiste en ella, la taza de café se ve negra y aromática. Deseas que tu mente vuelva a ser clara como el agua, como era antes de tener café. No hay modo de filtrar el café una vez puesto en la taza (no hay botón de borrar).

Ahora imagina una vasija llena de hielo cristalino al lado de la taza de café en la que dice "La Palabra de Dios". No hay manera de vaciar la vasija de una sola vez, pero puedes poner un cubito de hielo cada día. Si lo haces durante el tiempo necesario, ya no podrás gustar, oler ni ver el café que había originalmente dentro, aun cuando estuviera allí. Eso funcionará mientras no pongas dentro una cucharada de mentiras e inmundicias al mismo tiempo que el cubo de hielo.

Segundo: Pedro nos ordena preparar nuestro entendimiento para la acción 1 Pedro 1:13. Afuera con toda fantasía infructífera. Imaginar que haces algo sin hacerlo, es peligroso. Perderás el contacto con la realidad. La mente no puede distinguir después de un largo período lo que solamente imaginó de lo que realmente sucedió. Si dices una mentira por largo tiempo, comenzarás a creer que es verdad. La Escritura siempre dice que usemos nuestra mente en forma activa, nunca en forma pasiva, y orientemos nuestros pensamientos exteriormente, nunca internamente. El diablo tratará de eludir nuestro entendimiento, pero Dios obra por su intermedio.

Tercero: "Destruimos argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo pensamiento para que se someta a Cristo" 2 Corintios 10:5. Practica el pensamiento en el umbral, el primer pensamiento. Evalúa todo pensamiento a la luz de la verdad y ni siquiera consideres los pensamientos tentadores, acusadores o mentirosos. ¿Debes rechazar todo pensamiento negativo? ¡No! Eso es como estar en medio de una laguna y una docena de corchos flotan a tu rededor, y todo el propósito de tu vida fuera tratar de mantener sumergidos los corchos. Ignora los estúpidos corchos y nada hacia la orilla. Prefiere la verdad y sigue con la verdad hasta que se convierta en tu patrón de vida.

Cuarto: vuélvete a Dios cuando tus pensamientos te causen ansiedad. "No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias" Filipenses 4:6. Cuando tu compromiso con el plan A (Vivir por fe, el camino de Dios) se ve amenazado por pensamientos del plan B (Vivir nuestro camino) procedentes del mundo, la carne o el diablo, preséntalo a Dios en oración. Al hacerlo reconoces a Dios y mides tus pensamientos a la luz de la verdad. Entonces se disolverá tu confusión mental "Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús" Filipenses 4:7.

Quinto: asume la responsabilidad de elegir la verdad y consagrarte a vivir de conformidad con ella.

"Por último, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio. Pongan en práctica lo que de mí han aprendido, recibido y oído, y lo que han visto en mí, y el Dios de paz estará con ustedes" Filipenses 4:8-9.

Tomado del libro “Victoria sobre la oscuridad” Dr. Neil T. Anderson

©Chalo Jiménez 2008. Derechos Reservados.
Prohibida su reproducción total o parcial sin la autorización del autor
Imprimir