jueves, 27 de noviembre de 2008

EN CRISTO

Escrito por: Watchman Nee


Cuando el Señor Jesús murió en La Cruz, Él derramó su Sangre, dando así Su vida impecable para expiar nuestro pecado y para satisfacer la justicia y la santidad de Dios. Hacerlo era prerrogativa exclusiva del Hijo de Dios. Ningún hombre pudo tener parte en ello. Las escrituras nunca dicen algo así como que nosotros derramamos nuestra sangre juntamente con la de Cristo. En la obra expiatoria delante de Dios, Él actuó solo; Ningún otro pudo tomar parte. Pero el Señor Jesús murió no solo para derramar Su Sangre; murió para hacer que nosotros pudiéramos morir. Murió como nuestro Representante. En Su muerte, Él nos incluyó a ti y a mí.


Nosotros solemos usar los términos ‘sustitución’ e ‘identificación’ para describir estos dos aspectos de la muerte de Cristo. El Señor Jesús me incluyó a mí en Su muerte. Es la muerte ‘inclusiva’ del Señor lo que me coloca en una posición para identificarme, no es que yo me identifico para luego ser incluido. Lo que cuenta es mi inclusión en Cristo de parte de Dios. Es algo que Dios ha hecho. De allí que aquellas dos palabras del Nuevo Testamento, ‘En Cristo’, me sean siempre tan preciosas.


NUESTRA MUERTE CON CRISTO UN HECHO HISTORICO


¿Crees tú en la muerte de Cristo? Por supuesto que sí. Bien, la misma Escritura que dice que Él murió por nosotros, dice también que nosotros morimos con Él. “Cristo murió por nosotros” Romanos 5:8 es la primera declaración y es suficientemente clara. Pero ¿son estas otras, acaso, menos claras?: “Sabemos que nuestra vieja naturaleza fue crucificada con Él”, y “hemos muerto con Cristo” Romanos 6:6, 8.


¿Cuándo somos crucificados con Él? ¿Cuál es la fecha de crucifixión de nuestro viejo hombre? ¿Es mañana, ayer, u hoy? “nuestra vieja naturaleza fue crucificada con Él”, es decir, al mismo tiempo. Algunos de vosotros vinisteis aquí juntos. Podríais decir: Mi amigo vino aquí conmigo, Si uno hubiera venido hace tres días, y el otro recién hoy, no podríais decir así: pero, bien, como hecho histórico, podemos decir con reverencia pero con certeza: Yo fui crucificado cuando Cristo fue crucificado –por cuanto no se trata de dos acontecimientos, sino de uno solo. Mi crucifixión fue “con Él” ¿Ha sido crucificado Cristo? Luego ¿Cómo podría no haberlo sido yo? Si Él fue crucificado hace dos mil años, y yo con Él ¿cómo podría decirse que mi crucifixión tendrá lugar mañana? ¿Puede ser pretérita la crucifixión del Señor, y la mía presente o futura? ¡Alabado sea el Señor! Cuando Él murió en la Cruz, yo morí con Él. No solamente murió en mi lugar, sino que me llevó a mí consigo a la Cruz y yo también morí. Si creo en la muerte del Señor Jesús entonces puedo creer en mi propia muerte con tanta seguridad como creo en la de Él.


En Romanos 6:3-5, escribiendo a los que “fueron bautizados”, Pablo dice, que somos “hemos estado unidos con él en su muerte” porque por el bautismo reconocemos en figura que Dios ha obrado una unión intima entre nosotros y Cristo en este asunto de muerte y resurrección. Comprenda el carácter íntimo y decisivo de nuestra unión con Cristo en Su muerte. Es Dios quien nos ha puesto allí y los actos de Dios son irreversibles.


¿Qué implica, en realidad, esta unión? El verdadero significado que yace tras el bautismo es que en la Cruz “fuimos bautizados” en la muerte histórica de Cristo, de modo que Su muerte se hizo la nuestra. Nuestra muerte y la suya quedaron entonces tan estrechamente identificadas que es imposible separarlas. A este bautismo histórico, a esta unión con Cristo que Dios ha obrado consentimos nosotros cuando descendemos a las aguas. Nuestro testimonio publico por medio del bautismo pone en evidencia nuestro reconocimiento de que la muerte de Cristo ocurrida dos mil años ha fue una muerte potente e inclusiva, lo suficientemente poderosa e inclusiva como para quitar y poner fin por medio de ella a todo lo que en nosotros no sea de Dios.


Infelizmente algunos han aprendido a considerar el entierro como un medio de muerte: procuran alcanzar muerte enterrándose. Permítaseme decir que ha menos que nuestros ojos hayan sido iluminados por Dios para comprender que hemos muerto en Cristo y hemos sido enterrados con Él, no tenemos derecho a bautizarnos. La razón porque descendemos a las aguas es que hemos reconocido esto: Que ha la vista de Dios ya hemos muerto. A esto damos testimonio. La pregunta de Dios es clara y sencilla: ‘Cristo ha muerto y yo te he incluido allí. Ahora bien, ¿qué dices tú? ¿Cuál es mi respuesta? ‘Señor creo que Tu me has crucificado. Reconozco la muerte y el entierro a que me has destinado’. Sí Él me ha entregado a la muerte y la tumba; y mediante mi pedido de bautismo yo doy asentimiento en público a ese hecho.


En Gálatas 6:14, dice el Apóstol Pablo: “…la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo”, es la misma figura que el apóstol Pedro desarrolla cuando escribe de las ocho almas que: “se salvaron mediante el agua” 1 Pedro 3:20. Al entrar en el arca, Noé y su familia salieron por fe del viejo mundo corrompido para entrar en otro nuevo. No se trata tanto del hecho de que ellos personalmente no perecieron ahogados sino que salieron de aquel sistema corrupto. Esto es salvación.


Luego continua diciendo Pedro: “…la cual simboliza el bautismo que ahora los salva” 1 Pedro 3:21. En otras palabras, es mediante ese aspecto de La Cruz que el bautismo implica, que somos librados de este presente siglo malo y, por el bautismo en agua, esto se confirma. Es el bautismo, “en Su muerte”, que pone fin a una creación, pero es también bautismo “en Cristo Jesús”, que tiene en vista la nueva creación Romanos 6:3. Te sumerges en el agua y, en figura, tu mundo desciende contigo. Tú resurges en Cristo, mas tu mundo perece ahogado.


“—Cree en el Señor Jesús; así tú y tu familia serán salvos”, dijo Pablo en Filipo, y hablo la palabra del Señor al carcelero y a su familia, “en seguida fueron bautizados él y toda su familia” Hechos 16:31-34. Al hacer esto, el carcelero y los que con él estaban, testificaron ante Dios, su pueblo y las potestades espirituales que de veras habían sido salvadas de un mundo bajo juicio. Como consecuencia, leemos que “les sirvió comida y se alegró mucho junto con toda su familia por haber creído en Dios”


Antes de ser salvo por Jesucristo, quizás, procuraste salvarte a ti mismo. Leías La Biblia, orabas, ibas a las reuniones de la iglesia, diezmabas. Luego un día tus ojos fueron abiertos y viste que una salvación plena había sido ya provista para todos en La Cruz. Aceptaste eso y agradeciste Dios. Entonces la paz y el gozo llenaron tu corazón. Pues bien, la salvación y la santificación tienen exactamente la misma base. Se recibe la liberación del pecado del mismo con que se recibe el perdón de los pecados.


El camino de liberación hecho por Dios, es pues diferente del camino del hombre. El procedimiento humano es el de, tratar de suprimir el pecado, esforzándose por vencerlo, en tanto que el divino es de quitar de en medio el pecador. Muchos cristianos lamentan su debilidad, creyendo que, si tan solo fueran algo más fuertes, todo andaría bien. La idea de que el fracaso en mantener una vida santa se debe a nuestra impotencia y de que como consecuencia se nos demanda algo mas, conduce inevitablemente a ese falso concepto del camino de liberación. Si estamos preocupados por el poder del pecado y por nuestra incapacidad de enfrentarlo, llegaremos a creer que para ganar la victoria sobre el pecado necesitamos tener más poder. Si tan solo fuera algo más fuerte, decimos, yo podría vencer mis violentos accesos de mal humor –y de allí que rogamos al Señor nos dé fuerzas para ejercer mayor autodominio.


Pero esto es del todo errado; la vida cristiana no es esto. El procedimiento que Dios sigue para librarnos del pecado, no es el de hacernos cada vez más fuertes, sino por el contrario el de hacernos cada vez más débiles. Tú dirás con razón que este es un camino algo singular hacia la victoria, pero es el camino de Dios. Dios nos libra del dominio del pecado, no fortaleciendo a nuestro viejo hombre, sino crucificándolo; no ayudándole a hacer algo, sino quitándolo del todo del escenario.


Durante años quizás tú has tratado en vano de ejercer control sobre ti mismo, y quizás aun hoy te esfuerzas en ello, pero, el día en que tus ojos sean abiertos te darás cuenta de que eres impotente para hacer cosa alguna y que al dejarte de lado, Dios lo ha hecho todo. Revelación tal pone fin a todo esfuerzo humano.


Tomado del libro "La Cruz en la vida Cristiana Normal" Watchman Nee


© Chalo Jiménez 2008. Derechos Reservados.
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