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NO SER SUBJETIVOS II

Escrito por: Watchman Nee


CUATRO


Otro gran problema de una persona subjetiva es que no puede recibir ninguna orientación de parte de Dios. No tiene manera de conocer cómo Dios lo guía y es completamente ignorante de esa guía. Las personas subjetivas se hallan muy lejos de la voluntad de Dios como lo están el polo norte y el polo sur. Les es imposible conocer la voluntad de Dios porque no llenan los requisitos de un seguidor de Dios. Para ser guiados por Dios se requiere ser flexibles y diligentes, y tener un oído que sepa escuchar. Cuando la palabra de Dios llega a una persona así, ésta actúa de inmediato de acuerdo a ella, sin interponer ningún punto de vista personal y subjetivo.


El corazón de Balaam erró por su inclinación hacía las riquezas. En su juicio hubo subjetividad ya que insistió en su propia opinión. Fue por eso que Balaam oró una y otra vez hasta que Dios le permitió que fuera. Cuando la mente de un hombre es inflexible, le es difícil entender la voluntad de Dios.


Tenemos que aprender a andar en la voluntad de Dios. Tenemos que darnos cuenta que la voluntad de Dios a menudo requiere que nos detengamos inmediatamente o que empecemos a marchar de inmediato. Frecuentemente descubrimos que hemos planeado toda la jornada, sólo para descubrir que el Señor quiere que nos detengamos inmediatamente. ¿Qué debemos hacer si el Espíritu del Señor nos dice que nos detengamos? ¿Estaremos dispuestos a hacerlo? Una persona subjetiva no se detendrá.


En cambio, una persona que ha aprendido a escuchar a Dios, que no es subjetiva en ninguna manera, irá adelante cuando Dios se lo indique y se detendrá cuando Dios se lo ordene. No piense que esto es algo insignificante. Una persona subjetiva no es capaz de avanzar cuando Dios se lo indique. Sin embargo, una vez que haya arrancado, será difícil que Dios la detenga. Aquí es donde radica el problema. Se requiere un gran esfuerzo para empujar a los que son subjetivos, y una vez estos comienzan a moverse, nadie los puede detener.


En cambio, las personas instruidas son flexibles en las manos de Dios. Cuando Dios les dice que avancen, lo hacen y, cuando les ordena detenerse, obedecen. Estos son los únicos que serán guiados por Dios. Muchos no se mueven hasta que reciben un castigo fuerte, y una vez que comienzan a moverse, nunca se detienen. Siguen en la misma dirección continuamente. Dios tiene que usar Su fuerza para lograr detenerlos. Su subjetividad les impide conocer la voluntad de Dios y llevarla a cabo.


Un cuadro precioso de un hombre que no era subjetivo lo vemos cuando Abraham ofreció a Isaac. Si Abraham hubiera sido una persona subjetiva, cuando Dios le pidió que ofreciera a Isaac le habría sido difícil obedecer. Hubiera tenido muchas cosas que decir. Habría argumentado de esta manera: “Antes no tenía un hijo, y nunca pensé en la posibilidad de tener uno; creía que con Eliezer era suficiente. Fue Dios quien quiso que tuviera este hijo. Yo ni siquiera pensaba ni me imaginaba en tenerlo, ni Sara tampoco. Todo fue idea de Dios. Y ahora que me ha dado un hijo, ¿por qué quiere que lo ofrezca en holocausto?”.


Hermanos y hermanas, ¡una persona subjetiva tendría muchas razones para rechazar esta demanda! Pero Abraham era tan simple que ni siquiera tal demanda representó un problema para él. Él creía que Dios podía levantar a su hijo de los muertos. Así, mientras estaba frente al altar y levantaba el cuchillo para matar a su hijo, Dios preparó un carnero para que lo ofreciera en lugar de su hijo (Génesis 22:10, 13).


Si Abraham hubiese sido una persona subjetiva, tal demanda hubiera representado un problema para él. Sin duda se habría quedado perplejo pensando por qué Dios le diría una cosa primero y enseguida lo opuesto.


Pero Abraham no pensó de esta manera. Él no era subjetivo. Para algunas personas es difícil ponerse en el altar, y una vez están allí, les es más difícil bajarse. Pasan años para decidir ponerse en el altar, y una vez que lo logran, insisten en permanecer allí hasta morir.


Alguien que es subjetivo actúa según su propia voluntad aun cuando esté tratando de obedecer a Dios. Incluso Dios mismo no puede detenerlo.


Una persona subjetiva es forzada a obedecer, y su obediencia muchas veces es el resultado de su esfuerzo propio. Nadie lo puede hacer desistir, no importa cuánto lo intenten. Puede ser que la voluntad y el mandamiento de Dios le dirijan a dar marcha atrás, pero él no puede hacerlo.


Es interesante notar que a menudo nuestra voluntad coincide con la voluntad de Dios, pero llega un momento en que la voluntad de Dios cambia. Si nuestra voluntad no cambia una vez que la de Él cambia, nos será difícil simplemente actuar conforme a Su palabra. Aquí radica nuestro mayor problema.


¿Sabe cómo un jinete doma un caballo? Un caballo salvaje rechazará a cualquier jinete que lo monte. Es realmente difícil domar un caballo. Para domarlo, un jinete entrenado tiene que saltar a su lomo y permitir que el caballo relinche y luche hasta que se canse. El jinete tiene que usar toda su destreza para permanecer montado en el caballo. Tiene que permitir que el caballo corra todo lo que quiera, tal vez por muchos kilómetros, o cientos de kilómetros. Una vez que el caballo se da cuenta que no puede quitarse a su amo de encima, cederá a su mando. Tales entrenadores de caballos pueden transformar a un caballo salvaje en uno dócil y educarlo para concursar.


El caballo podrá trotar alrededor de un pequeño círculo atado con una soga a un poste. Aprenderá a marchar tan bien que no se alejará tanto como para estirar la soga, ni se acercará tanto como para que la soga quede floja. Puede dar vueltas cientos de veces manteniendo siempre la misma distancia. El entrenador entrenará al caballo hasta que pueda maniobrar de esta manera. Cuando termina su entrenamiento, podrá dirigir al caballo a cualquier parte. Podrá pasar por un espacio estrecho o por una puerta ancha y siempre será obediente. Hermanos y hermanas, nosotros somos como caballos salvajes y es algo grandioso que el Señor nos entrene.


Él tiene que trabajar mucho con nosotros a fin de que podamos ser dóciles. Una vez que se doma a un caballo, éste ya no será subjetivo nunca más. Estará tan entrenado que tan pronto su jinete tire un poco de las riendas, sabrá si su amo quiere que corra o que trote. Irá de la manera que le indique su amo, no sólo una o diez veces alrededor del corral, sino aun cientos de veces.

Tomado del libro "El carácter del obrero de Dios" Watchman Nee

© Chalo Jiménez 2008. Derechos Reservados.

Prohibida su reproducción total o parcial sin la autorización del autor.

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