lunes, 26 de enero de 2009

LA CASA DE DIOS

Escrito por: Watchman Nee


Betel (la casa de Dios): el Cuerpo de Cristo


“De allí se dirigió a la región montañosa que está al este de Betel, donde armó su campamento, teniendo a Betel al oeste y Hai al este. También en ese lugar erigió un altar al Señor e invocó su nombre.” Génesis 12:8.


Dios no condujo a Abraham sólo a Siquem, sino que lo llevó hasta Betel, nombre que en el idioma original significa “la casa de Dios”. Dios no busca centenares ni millares de hombres fuertes desconectados entre sí, personas como Sansón, ni tampoco pretende amontonar piedras en un montón desordenado. El desea edificar un templo, Su casa. Una de las características de Canaán es que el pueblo de Dios que allí mora llega a ser Su templo y Su casa. Hebreos 3:6 nos dice que el encargado de esta casa no era Moisés, sino el Hijo de Dios.


Dios quiere producir un vaso con el cual cumplir Su propósito. Tal vaso debe ser Su casa. Unos cuantos predicadores dotados que prediquen el evangelio o que promuevan avivamientos no pueden cumplir dicho propósito. No es suficiente tener a Siquem (el poder). También se necesita a Betel. Todos los que están llenos de poder necesitan llegar a ser la casa de Dios y el Cuerpo de Cristo a fin de poder ser útiles. Dios tiene que liberarnos de toda forma de individualismo. El nos salvó no simplemente para que seamos cristianos verdaderos, sino para que seamos la casa de Dios y para que formemos un solo Cuerpo junto con todos Sus hijos. Así que, no debemos tener nuestra “libertad” personal.


Es una lástima que muchos cristianos amen su libertad personal y se esfuercen tanto por preservarla. Hermanos y hermanas, si en verdad comprendemos lo que es el testimonio de la casa de Dios, y si sabemos que el vaso de Dios es una casa y no piedras individuales esparcidas, aprenderemos a someternos unos a otros, a rechazar cualquier actividad individual y a seguir el mismo camino que todos los hijos de Dios.


La casa de Dios no es solamente un principio, sino también una vida. El problema es que muchos cristianos consideran el Cuerpo de Cristo como un simple principio teórico y no han percibido la vida del mismo. ¿De qué nos sirve tratar de obrar según un principio si no tenemos la vida que nos capacita para hacerlo? Pensamos que debemos cooperar unos con otros en todo, y con frecuencia acordamos cooperar de mala gana, pero nuestro corazón no lo desea. ¿De qué sirve hacer esto? Debemos recordar que el Cuerpo es una vida y no un simple principio. Si no sabemos que el Cuerpo es una vida, y si sólo actuamos en conformidad con un principio, estamos imitando un método.


Muchos cristianos nunca han sido tocados por el Señor. Han oído que no deben actuar independientemente y que deben cooperar con los demás, y tratan de ponerlo en práctica. Pero no se dan cuenta de que esto no es algo que se pueda aprender intelectualmente. Así como nuestra relación con Cristo no la adquirimos por aprendizaje, del mismo modo, nuestra relación con el Cuerpo de Cristo tampoco es algo que se nos pueda enseñar.


¿Cómo podemos conocer la vida del Cuerpo? La condición básica para conocer la vida del Cuerpo es que nuestra tienda sea plantada en medio de Betel y Hai; al occidente debemos tener a Betel, y al oriente debe estar Hai, pues es equidistante de Betel y de Hai. En el idioma original, Hai significa “un montón”. Betel es la casa de Dios, mientras que Hai es un montón desolado. El montón desolado representa y simboliza la vieja creación. Si hemos de volver nuestro rostro hacia la casa de Dios, tenemos que darle la espalda al montón desolado. Es decir, a menos que un cristiano sea quebrantado en su vida carnal, no tiene posibilidad de conocer el Cuerpo de Cristo. Solamente cuando tenemos Hai al oriente podemos tener Betel al occidente. Si no tenemos Hai al oriente, no tendremos Betel a nuestro lado occidental.


Una persona experimenta el Cuerpo de Cristo por primera vez y disfruta y vive la vida del Cuerpo cuando su vida carnal es quebrantada. Si queremos descubrir lo que es la casa de Dios, tenemos que rechazar el montón desolado. Solamente cuando Dios haya quebrantado nuestra vida natural y cuando hayamos sido subyugados hasta comprender que la vida natural debe ser juzgada y no alabada, estaremos unidos espontáneamente a los demás hermanos y hermanas. Sólo entonces podremos expresar la vida del Cuerpo de Cristo en nuestra vida. Lo único que nos impide unirnos a los demás hermanos y hermanas es la vida de la vieja creación, la cual tiene mucha fuerza en nosotros. Una vez que se le ponga fin a la vieja creación en nuestro interior, espontáneamente expresaremos la vida del Cuerpo de Cristo en nuestra vida y veremos que somos parte del Cuerpo de Cristo. Por consiguiente, la vida de la vieja creación tiene que ser quebrantada y rechazada por completo. No importa lo que haya en el montón, de todos modos es un montón desolado y no la casa de Dios.


Para los cristianos que no han pasado por el juicio de la vieja creación, ésta les produce jactancia. Todavía piensan que lo que poseen en ellos mismos es bueno. Aunque admiten con su boca que son débiles y corruptos, en realidad no han sido juzgados. No se dan cuenta de lo que es la corrupción, pues la consideran agradable. Tienen por noble aquello que en su interior no se lleva bien con otros. Cuando nos encontramos en esta condición, es cuando más necesitamos la misericordia de Dios.


Un día Dios nos llevará al punto donde nos demos cuenta cuán inútiles somos. Perderemos la confianza en nosotros mismos. Sólo entonces seremos introducidos en la casa de Dios espontáneamente. Es imposible experimentar la vida del Cuerpo si nuestra carne no ha sido quebrantada. Necesitamos pedirle al Señor que nos muestre que el Cuerpo de Cristo no es simplemente un principio, sino una vida.

Tomado del libro "El Dios de Abraham de Isaac y Jacob" Watchman Nee

© Chalo Jiménez 2008. Derechos Reservados.

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