martes, 20 de enero de 2009

LA PASCUA

Escrito por: Rick Joyner


"...nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros" 1 Corintios 5:7 RV.


El sacrificio de la Pascua liberó a Israel del poder de Faraón, de manera que su pueblo jamás volvió a servir de nuevo en Egipto. La cruz, de la que la Pascua fue un tipo profético, nos libera del poder de satanás y de la esclavitud a la corrupción del mundo. Al darse cuenta de esto, satanás se enfurece contra quienes se vuelven a Jesús, de la misma manera que Faraón lo hizo contra los israelitas cuando vio que perdía su poder sobre ellos. Como la Pascua lo representó en el tipo, la cruz trae juicio sobre el mal del mundo, pero libera a quienes la abrazan precisamente desde el mundo.


A partir de Caín y Abel, el sacrificio ha sido el punto principal de conflicto entre las dos simientes que ilustran las dos naturalezas del hombre —carne y espíritu. A satanás no le amenaza que abracemos las doctrinas o las instituciones del cristianismo; de hecho, más bien nos puede alentar a hacerlo. Sabe que el bien del Árbol de la Ciencia es tan mortífero como el mal, y mucho más engañoso. La bondad humana es una afrenta para la cruz y se usa como una compensación para ella. El diablo nos alucina y nos hace pensar que si fuésemos más "buenos" que malos, seríamos aceptables ante el Padre y, por tanto, nos coloca por encima de la necesidad del sacrificio que realizó su Hijo. El enemigo, puede muy bien animarnos a abrazar cualesquiera cosas religiosas, con tal que no nos volvamos a Cristo, cuando lo hacemos así, todo su poder sobre nosotros queda roto por completo. En ese instante nos marchamos fuera de su dominio y pasamos a la libertad gloriosa del Espíritu—a una relación con nuestro Dios. ¡SOMOS LIBRES!


La mayor oposición para que abracemos a Jesús y a la verdadera libertad del Espíritu, será el hombre religioso. Esta batalla comenzó con los dos hermanos Caín y Abel y ruge hasta el día de hoy. La cruz siempre será la amenaza más grande para el hombre religioso y éste será siempre el enemigo mayor de Cristo. No fueron los demonizados quienes persiguieron a Jesús pues ellos doblaron su rodilla y se le sometieron. Los ciudadanos religiosos, morales, conservadores, inconspicuos y callados, crucificaron al Ungido y serán los que se levantarán contra todo el que predique el mensaje verdadero de la cruz. La mayor persecución contra la fe verdadera viene siempre de los que se han convertido en su mente, y no en su corazón. Ellos serán quienes de hecho viven por el fruto del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal y no por el fruto del Árbol de la Vida. Su verdadera devoción será el entendimiento intelectual de las doctrinas, en lugar de tener una relación viva con Dios y cumplir la voluntad divina.


Como Jesús advirtió: "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos" Mateo 7:21 RV. Sólo conoceremos la doctrina verdadera si estimamos hacer su voluntad por encima de conocer la doctrina, según el mismo Jesús explicó más adelante: "El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si y o hablo por mi propia cuenta" Juan 7:17 RV.


Una persona puede desear la verdad por muchas razones distintas, algunas de las cuales son malas, como orgullo, auto-justificación, o inclusive el temor. Sólo quienes tienen amor por la verdad no serán engañados en el día malo. Los que aman la verdad quieren que sus doctrinas sean seguras y limpias. Sólo tendremos doctrinas ciertas y puras si amamos al Dios de la Verdad, más que a las verdades de Dios. Conocer el libro del Señor no da vida; en cambio, sí la da conocer al Señor del libro. Debemos amar a la Verdad misma, más de lo que amamos a las verdades individuales. Si hacemos esto, amaremos esas verdades más de lo que lo haríamos si las estimáramos más de lo que lo estimamos a Él. No es cuestión de tener una u otra, sino tenerlas ambas en el orden correcto y apropiado.


"El Señor habló en Egipto con Moisés y Aarón, y les dijo: Este mes será para ustedes el principal, el primer mes del año" Éxodo 12:1.2 VP.


Como la Pascua iba a ser el arquetipo profético del sacrificio de Jesús, es muy significativo notar que Dios preparó a Israel para la primera Pascua, al decretar que en el calendario ese iba a ser el primer mes que a su vez, fue el heraldo de un comienzo nuevo. Después de participar de la Pascua los hijos de Israel iban a dejar el único sitio que siempre habían conocido, para viajar a través de tierras que jamás habían visto, a fin de poseer una tierra con la que siempre habían soñado. Sus vidas nunca serían las mismas después de ese día memorable; ni tampoco las nuestras.


"De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron... todas son hechas nuevas" 2 Corintios 5:17 RV-95.


Como Jesús se hizo nuestra Pascua, somos nacidos de nuevo a un mundo nuevo. Para Israel fue un cambio físico, para nosotros es un cambio espiritual. Las condiciones y alrededores externos pueden permanecer iguales, pero nosotros no. El exterior parece distinto, pero eso se debe a que lo nuevo está en nuestros ojos. Según Jesús, cuando nacemos de nuevo, principiamos a ver el Reino de Dios Juan 3:3. Y así se cumple una liberación muchísimo más gloriosa que la de Israel. Moisés condujo a Israel fuera de Egipto, camino de una jornada, pero "Egipto" (todo lo que representa el mundo), no había salido aún de Israel. Por medio de Cristo "...el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo" Gálatas 6:14 RV. Jesús saca a Egipto del corazón y lo reemplaza con un país nuevo: el Reino de Dios. La simiente de Caín, es decir, el hombre religioso, siempre busca hacer del mundo un mejor sitio para vivir. Cristo cambia a los hombres de tal manera que puedan ser mucho mejores para vivir en el mundo. El hombre carnal busca cambiar a los hombres al cambiar el mundo; el hombre espiritual busca cambiar el mundo por medio del cambio en los hombres.


Excepto en la tierra, este diminuto punto de tinieblas, la gloria de Dios prevalece sobre todo el universo. Aunque no somos sino un átomo en las enormes expansiones de la creación, el Padre por el envío de su propio Hijo, hizo el supremo sacrificio para redimirnos y restaurarnos a las abrumadoras maravillas de la creación. Pero, frente a este hecho asombroso, la tierra alcanzaría quizá menos de "cero" en significado, si se compara con la expansión del dominio de Dios. Cuando principiamos a percibir a Dios y las dimensiones de su dominio, los problemas personales y hasta los del mundo, empiezan a mirarse como naderías e insignificancias. Podemos estar seguros de que en ninguna forma esa única gota de mal jamás superará los océanos de su bondad. ¡Su Reino vendrá! Es una fuerza tan irresistible que ensombrecerá y cubrirá el mal, así como el sol hace con la luna al levantarse en el oriente.


Cuando el hombre comió el fruto del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, su atención se enfocó sobre sí mismo y comenzó a pensar que él era el centro del universo. Todo hijo que ha nacido después de la caída heredó este engaño. Nuestros problemitas y ambiciones dominan por completo nuestra mente, hasta cuando Cristo nos convierte. Entonces, al comenzar a ver el Reino de Dios, nuestra perspectiva cambia. Entre más vemos con claridad al Señor sentado en su trono, menos notamos cómo se juntan los problemas y los cuidados del mundo. No que nos preocupemos por ellos—sino que, con toda sencillez, ¡nos damos cuenta de que El es mucho mayor que cualquier problema y más maravilloso que todas las ambiciones humanas! Como lo vemos con ojos nuevos, encontramos en Él una paz que está más allá de la comprensión del hombre. Puede que el mundo no sea distinto ni una pizca, pero nosotros sí hemos cambiado en forma radical y completa.

Tomado del libro "Hubo Dos Árboles en el Huerto" Rick Joyner

© Chalo Jiménez 2008. Derechos Reservados.

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