jueves, 14 de mayo de 2009

EL PODER DEL SERVICIO

Escrito por: Tommy Tenney 

Jesús hacía su más importante trabajo mientras se sentaba a los pies de las personas y compartía una comida. 

Él no tuvo una oficina dorada en el piso 77 de un edificio en la zona comercial de Jerusalén; y hasta donde sepamos, no tuvo escritorio, ni secretaria o casa propia siquiera. Él tendía a conducir muchos de sus asuntos de familia alrededor de la mesa de comer. 

Una vez sus doce discípulos vinieron a cenar y, aunque se acordaron de dejar sus sandalias fuera, traían suficiente polvo del camino y partículas de estiércol de asno y de camello en los pies como para hacer que la habitación tuviera una fragancia especial. Jesús debe de haber observado dos problemas relacionados más: parecía que allí no había ningún sirviente disponible para realizar el lavatorio de pies; y ninguno de los discípulos parecía aquella noche estar dispuesto a tomar una iniciativa desinteresada. 

Eso significó que Jesús fue confrontado por la dualidad de los problemas de la contaminación de corazones manchados por el orgullo y la de los pies sucios en una de las noches más importantes de su ministerio. Alguien tendría que hacer algo para restaurar una atmósfera apropiada en ese lugar. Desde la perspectiva del Señor, la solución era sencilla. Limpiaría ambas suciedades de inmediato por medio del poder del servicio: 

[Él] se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. 

¿Cómo pudo el Hijo de Dios descender a un nivel tan bajo? 

Pedro, el que había reconocido la Deidad de Jesús antes que ningún otro del grupo, sencillamente no podía entender cómo el Hijo de Dios pudiera haber descendido a un nivel tan bajo hasta el punto de lavar el estiércol de asno de los pies de sus propios discípulos. Pedro no era un experto en la esfera de la ley, pero su lógica hizo que pensara: 

¡algo no se ve bien en este cuadro! 

¿Dónde están los sirvientes cuándo uno los necesita? Los otros discípulos podían quedarse sentados allí y permitir que eso ocurriera ¡pero Pedro no! 

El discípulo más locuaz decidió volver a poner de nuevo amablemente a Jesús en su lugar. (La primera vez, Pedro intentó quitarle a Jesús la idea de morir en la cruz y fue reprendido.) Le preguntó a Jesús si Él realmente quería lavarle los pies, en espera de que el Señor se diera cuenta de la indirecta. Cuando Jesús le dijo algo acerca de entender después, Pedro tomó la ruta directa por la que más se le conocía: 

“Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo”. 

Jesús parecía tomar muy serio el lavatorio de pies, pero tengo que confesar que yo era como Pedro en lo que se refiere a esa actividad. Entonces Dios usó mi caja de lustrar zapatos para enseñarme una lección inolvidable en la esfera del servicio. 

Hace varios años, cuando era yo pastor de una iglesia, tuve que tomar una decisión que hirió los sentimientos de un caballero de mi congregación. Este hombre era honrado y quería hacer lo correcto; pero en aquella circunstancia, sus acciones estaban equivocadas. Después que hice el necesario ajuste de rumbo, mi relación con ese hombre permaneció tensa y difícil. Había yo hecho todo lo posible por intentar restaurar la paz entre nosotros, pero nada parecía funcionar. Por último, le presenté el asunto al Señor. 

Él me dijo: iSé un siervo! 

El Señor me dijo exactamente lo que yo no quería oír; me dijo: ¡Sé un siervo! 

Hice todo lo que pude por convertirme en un siervo, pero nada de lo que hice contribuyó a que este hombre cambiara de actitud. Fue entonces cuando el Señor se hizo presente y me recordó acerca de la importancia de lustrar zapatos. Viajar es una parte necesaria de mi ministerio, así que tengo que pasarme mucho tiempo en los aeropuertos. 

De vez en cuando me hago lustrar los zapatos en los sillones de limpieza de calzado de los principales aeropuertos, por lo que un día me decidí a preguntarle a uno de los limpiabotas cuánto ganaba. No me sorprendió que por respuesta obtuviera yo una sonrisa, por lo que decidí sacar un estimado yo mismo. 

Si el hombre se ocupa de 6 clientes por hora a US$5 cada uno, entonces gana $30 por hora. Si trabaja cinco días a la semana y toma dos semanas de vacaciones todos los años, ¡entonces él y su caja de limpiabotas generan al año $60.000 en ingresos brutos! 

Cuando les mencioné mi descubrimiento a algunos de los adolescentes de la iglesia y sugerí la limpieza de calzado como una manera seria de generar dinero durante el verano, uno de ellos expresó el mismo sentimiento que la mayoría de los creyentes tienen hacia el servicio. Dijo: ¡Yo no voy a lustrar zapatos! Entonces el Señor me tocó con el codo y me preguntó: ¿Lo harías tú, Tommy? En mi libro El equipo soñado por Dios: Llamamiento a la unidad, compartí lo que ocurrió después. Entonces Dios trajo a mi memoria el hombre cuyos sentimientos había yo herido antes. El Señor me dijo: ¡entonces límpiale los zapatos! Me costó bastante trabajo decidirme a hacerlo. 

El domingo siguiente llevé a la iglesia mi equipo de lustrar calzado. En el proceso de predicar, le pedí a ese caballero que pasara al frente de la congregación y que se sentara allí mientras yo predicaba. Mi sermón abordaba el lavado de pies; mi texto era el de Juan capítulo 13. Yo contemporicé el lavado de pies con la limpieza de calzados. Mientras predicaba, le limpié los zapatos. Me quité la chaqueta, me metí la corbata en la camisa y lustré sus zapatos en tanto que predicaba. 

Él y yo sí sabíamos lo que pasaba aunque la congregación en su totalidad no lo supiera. Según lustraba yo sus zapatos, empecé a llorar y luego él también. Tan pronto como fue ejemplificado el espíritu de servicio, se movió el Espíritu Santo. Fue quebrantado el espíritu de antagonismo. Las personas empezaron a alinearse para lustrarse los zapatos unas a otras. Sacaban sus pañuelos para limpiar los zapatos. Lágrimas calientes salpicaban zapatos sucios. Un espíritu de unidad se apoderó de nuestra iglesia. Ocurrió un gran avivamiento. 

©Chalo Jiménez 2008. Derechos Reservados.

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