martes, 5 de mayo de 2009

GENEROSIDAD


Escrito por: Charles Swindoll  

Una defensa del altruismo 

YO

MI

MIÓ

YO MISMO 

Estas palabras se destacaron en letra negra. Parecía que estuvieran formando un enorme monumento. Cada letra estaba esculpida en el granito. En la base de este extraño "monumento" había centenares, tal vez millares, de personas con los brazos levantados, como si estuvieran adorando en un altar. Y luego, en la parte inferior de la caricatura, en letras muy pequeñas, aparecía la siguiente leyenda: "El culto religioso de los americanos". 

Por los lados, alrededor de este cuadro, había cuatro afirmaciones populares que se usan en anuncios comerciales bien conocidos: 

  • "Haga usted lo que quiera".
  • "Hágase usted mismo un favor".
  • "Usted tiene una deuda consigo mismo".
  • "Usted merece algo bueno hoy". 

Esas frases nos hieren en lo íntimo. Esa clase de cosas realmente duele. Se debe al hecho de que son tan terriblemente ciertas. Sin embargo, constantemente aplaudimos la filosofía en que se destacan las palabras yo, mi, mío y yo mismo. Lo hacemos de manera sutil y también abiertamente. Hacemos que los libros que se refieren al tema del egoísmo se conviertan en éxitos de librería al comprarlos por millones. Colocamos a las personas talentosas sobre un pedestal y en forma secreta (o pública) adoramos ante sus altares. Y hacemos todo esfuerzo para "satisfacernos a nosotros mismos" a toda costa. Admitámoslo: la nuestra es una era de vulgar egoísmo. La era del yo. Y nos sentimos sumamente incómodos aun cuando Dios comienza a hacernos demandas. Al fin y al cabo, ¡este asunto de una total entrega a la causa de Cristo debe mantenerse dentro de sus límites adecuados! 

Adornadas con tonos de sarcasmo similares están las palabras siguientes de Wilbur Rees: 

“Me gustaría comprar tres dólares de Dios, por favor; una cantidad que no sea suficiente para hacer explotar mi alma ni para perturbar mi sueño, sino que equivalga a un vaso de leche caliente o a una siesta bajo el sol. No quiero tanto de él que me obligue a amar a los negros ni a recoger remolachas con los labradores. Quiero éxtasis, no transformación; quiero el calor del vientre, no el nuevo nacimiento. Quiero medio kilogramo de lo eterno en una bolsa de papel. Me gustaría comprar tres dólares de Dios, por favor” 

Así es la situación. Nuestro "yo" no quiere abandonar a Dios por completo; sólo queremos mantenerlo a prudente distancia que nos permita sentirnos cómodos. Tres dólares de él es suficiente. Una bolsa llena, nada más. Sólo lo suficiente como para que mi sentimiento de culpa se mantenga por debajo del nivel del dolor, sólo lo suficiente como para que me garantice el escape de las llamas eternas. Pero ciertamente, no tanto como para que me mantenga nervioso... no tanto como para que comience a inmiscuirse en mis prejuicios o a reprocharme mi estilo de vida. ¡Suficiente es suficiente! 

UNA PERSPECTIVA ADECUADA 

Ahora, antes que lleguemos demasiado lejos, necesitamos hacer un par de afirmaciones para aclarar el asunto. En primer lugar, tener una buena estima de uno mismo no es lo mismo que ser egoísta. Si no tenemos una fe vigorosa en nosotros mismos, fácilmente nos debilitamos y nos lisiamos en la vida. No se debe confundir una imagen débil que uno tenga de sí mismo con la humildad como característica del siervo. De hecho, sin un saludable ego, sin la confianza de que Dios está en nosotros, a nuestro lado, de que nos ayuda; nos convertimos en personas frágiles, improductivas, que fácilmente nos sentimos heridas. 

Me encanta lo que la señora de Chuck Noll dijo acerca de su marido, quien es el entrenador del equipo de fútbol Pittsburgh Steelers: "El tiene un ego muy porfiado y fuerte, pero en cuanto a vanidad, no tiene en absoluto" 

No confundamos una estima fuerte y firme de uno mismo con el vano egoísmo. Estas dos cosas no son de ningún modo gemelas. 

En segundo lugar, el hecho de llegar a ser cristianos no borra automáticamente la presencia del egoísmo. Eso ayuda, por supuesto, pero no es una panacea. Los cristianos aún tenemos que librar la batalla contra el orgullo. Los evangélicos tenemos la tendencia de ser exclusivos y presuntuosos, en vez de tener mente amplia y dispuesta a aceptar las cosas. Estamos orgullosos por el hecho de que tenemos las respuestas que otros no tienen. Nunca hemos llamado a eso orgullo, pero en lo profundo de nuestro ser nos sentimos más bien complacidos a causa de nuestros esquemas y diagramas de los complejos asuntos teológicos. Es fácil mirar con desprecio a los que no están informados como nosotros. 

BASE BÍBLICA 

He tenido la experiencia de que, antes de dominar completamente cualquier problema necesito entenderlo tan bien como me sea posible, especialmente su origen. Para hacer esto con nuestro yo, tenemos que remontarnos a aquella antiquísima escena que se nos describe en los capítulos 2 y 3 del Génesis: el huerto de Edén. ¡Qué lugar tan excelente! Era indescriptiblemente bello y perfecto. Tenía una atmósfera libre de contaminación, un lujoso follaje, flores fragantes, agua cristalina. El comparar ese huerto con Tahití, haría que este último fuera como una pocilga. Y por encima de todo estaba la belleza física: había absoluta inocencia. No había pecado. Esto significa que Adán y Eva tenían una relación que estaba exenta de dificultades emocionales. El último versículo del capítulo 2 del Génesis comprueba eso: "Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban". 

Estaban desnudos. No se cubrían. Estaban a la vista el uno del otro. Esto no sólo se refiere a lo físico, sino también a lo emocional. Eso explica por qué no se avergonzaban. La construcción sintáctica en hebreo sugiere que ellos no se avergonzaban "el uno del otro". Había una notable franqueza, una falta de timidez del uno en la presencia del otro. ¡El matrimonio ideal! Las discusiones, las acciones y toda la existencia de ellos no eran para defenderse, no estaban protegidas, eran absolutamente altruistas. 

¿Cómo pudo ser así? No había pecado. Por tanto, no había egoísmo. Hasta que... 

Ya usted lo adivinó. Hasta que llegó el diablo con su oferta tentadora (Génesis 3:1-6), y desapareció la inocencia con sus agradables beneficios. ¿Y cuál fue el resultado? “En ese momento se les abrieron los ojos, y tomaron conciencia de su desnudez. Por eso, para cubrirse entretejieron hojas de higuera” Génesis 3:7

Tomado del libro: “DESAFÍO A SERVIR” Charles R. Swindoll 

©Chalo Jiménez 2008. Derechos Reservados.

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