viernes, 8 de mayo de 2009

LA PERLA DE GRAN PRECIO

Escrito Por: Charles Swindoll 

Ahora, permítame decirle lo peor de todo, y lo digo con vergüenza. No fue sino hasta el día siguiente cuando me llegó a la mente que yo había actuado en forma egoísta en todo esto. ¡Y hablar de un punto ciego en la retina! Como usted ve, en la escuela aprendí a estar atento a mi yo. Esto lo perfeccioné en la Infantería de Marina y desarrollé métodos para llevarlo a cabo con real astucia en el seminario, cuando me preparaba para ser ministro. ¡Epa! Esta es la profesión en que un tipo puede salirse con la suya casi sin ser nunca criticado por ello… aunque debiéramos ser criticados! ¿Pero quién en el mundo va a levantar su índice contra un clérigo? ¿Quién quiere tocar a "los ungidos de Dios" (nuestro título favorito), y arriesgarse a que le venga una lepra avanzada? 

Pero mi egoísmo no comenzó en la escuela, ni en la Infantería de Marina, ni en el seminario. Yo, como usted, nací con una naturaleza caída. Es una enfermedad que nos afecta a todos nosotros. Ninguna persona ha vivido jamás en esta tierra completamente libre de tan horrible plaga, con excepción de uno. Eso es cierto. Desde Adán, sólo el Hijo de Dios, nacido de una virgen, fue inmune a la contaminación del pecado. Como fue impecable, vivió como ningún otro hombre haya vivido jamás. Habló como ningún otro hombre haya hablado jamás. Y como Maestro único, él cumplió un nuevo papel. El dio instrucciones que ningún instructor había dado jamás. 

“Jesús los llamó y les dijo: —Como ustedes saben, los gobernantes de las naciones oprimen a los súbditos, y los altos oficiales abusan de su autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor, y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de los demás; así como el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” Mateo 20:25-28. 

Nosotros, que nacimos con una naturaleza caída, no funcionamos de esa manera. La vida suya no funciona así. Esto se me hizo evidente de nuevo cuando observé a Leonard Bernstein, el famoso director de orquesta, en el momento de una ejecución una noche por la televisión. Recuerdo que durante un rato informal de discusión que hubo en el programa, un admirador le preguntó: "Señor Bernstein, ¿cuál es el instrumento más difícil de tocar?" El respondió con sutileza: 

“El segundo violín. Yo puedo conseguir bastantes primeros violines, pero es un problema hallar uno que toque segundo violín con igual entusiasmo, o segundo corno francés, o segunda flauta. Y sin embargo, si nadie toca un segundo instrumento, no tenemos armonía” 

Palabras sabias… ¡y ciertas! 

Esa es una de las razones por las cuales Cristo fue tan diferente. Él no sólo estimuló ese tipo de conducta, sino que sirvió de modelo continuamente. Basado en esto, Pablo pudo escribir: 

“No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás. La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús” Filipenses 2:3-5. 

¡Qué consejo tan diferente el que recibimos de los hombres! J. B. Phillips ilustra esto cuando altera las bienaventuranzas de la siguiente manera: 

  • Bienaventurados los arremetedores, porque ellos avanzan en el mundo.
  • Bienaventurados los inflexibles, porque no permiten que la vida los lesione.
  • Bienaventurados los que se quejan, porque ellos consiguen que se haga su propio capricho hasta el fin.
  • Bienaventurados los indiferentes, porque ellos no se preocupan por sus pecados.
  • Bienaventurados los que explotan a sus semejantes, porque ellos obtienen resultados.
  • Bienaventurados los hombres bien informados del mundo, porque ellos saben por dónde van.
  • Bienaventurados son los que causan problemas, porque así logran que la gente les preste atención. 

No, eso es precisamente lo opuesto de lo que nuestro Señor dijo originalmente. En términos sencillos, recuerde usted: él nos dijo que debemos servir y dar. Con esas palabras, él hizo una defensa de la vida altruista. Una defensa del hecho de que no debemos satisfacernos con sólo "tres dólares de Dios". No, eso no conviene a los siervos auténticos… no le conviene a su vida. A usted más bien le conviene estar dispuesto a entregar todo a él, para su gloria. Se dice que esto es "comprar la perla de gran precio".

Tomado del libro: “DESAFÍO A SERVIR” Charles R. Swindoll

©Chalo Jiménez 2008. Derechos Reservados.

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